Cuatro percusionistas marcaron el primer pulso. Doce bailarinas respondieron con una coreografía que, desde los primeros movimientos, despertó aplausos, vítores y exclamaciones del público. Así inició, en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes, la segunda edición del Festival de Danzas Negras: Reflexiones Afrocaribeñas, un encuentro que reivindica el legado de la afrodescendencia mediante la danza, la música y el intercambio artístico.
Organizado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, a través del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) y la Coordinación Nacional de Danza, en colaboración con el Instituto de la Cultura y las Artes del Municipio de Benito Juárez, Quintana Roo, el festival propone un espacio de encuentro en el que la danza, la música, la formación y el intercambio artístico visibilizan las raíces afrodescendientes.
La función inaugural abrió con Mujeres de cuero y lava, creación de la coreógrafa mexicana Argelia Arreola, quien desde hace más de dos décadas enlaza la danza contemporánea con las tradiciones de la diáspora africana. La pieza, interpretada por un ensamble de doce bailarinas, acompañado por cuatro percusionistas y músicos en vivo, exploró el cuerpo como territorio de memoria, resistencia y transformación.
Entre la percusión en vivo, la poesía y el movimiento colectivo, las doce intérpretes construyeron un paisaje escénico que, como evocó la propia obra, es la danza que germina, una metáfora de las raíces afrodescendientes que permanecen vivas en la memoria y la identidad latinoamericanas.
El ensamble, conformado mediante talleres y audiciones realizados en Guerrero, Ciudad de México, Quintana Roo y Veracruz, reunió a mujeres especializadas en danzas de matriz afro y a mujeres afromexicanas, quienes, desde una mirada contemporánea, hicieron del cuerpo un espacio en el que dialogan la memoria, la resistencia y un legado que permanece vivo en la identidad latinoamericana.
Tras el intermedio, un audiovisual con imágenes históricas y de figuras emblemáticas del Conjunto Folklórico Nacional de Cuba introdujo al público en la trayectoria de la agrupación, fundada en 1962, dedicada a investigar, preservar y llevar a los escenarios las tradiciones musicales y dancísticas afrocubanas. La proyección dio paso a La raíz y el tiempo, programa dirigido por Leiván García Valle e integrado por coreografías de Manolo Micler.
El recorrido comenzó con Ayabbá, danza dedicada a Oyá, orisha del viento y las centellas; continuó con Obaterero, en la que las sonoridades tradicionales de los tambores batá dialogaron con recursos musicales contemporáneos; siguió con Dahomeño, evocación de antiguos ritos de fertilidad preservados en la cultura cubana, y concluyó con Rumberos, celebración de la rumba nacida en los barrios populares de la isla y reconocida por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
La segunda edición del Festival de Danzas Negras, en la que participan 330 artistas, continúa hasta el 12 de agosto de 2026 con más de 50 actividades en la Ciudad de México y Cancún. El encuentro reúne a 330 artistas, danzantes de pueblos originarios, investigadoras e investigadores de Brasil, Colombia, Cuba, Haití, Puerto Rico, República Dominicana, Venezuela y México, quienes comparten funciones, talleres, coloquios, conferencias magistrales y proyecciones documentales.
La programación incluye propuestas como Grupo Yuka (México-Colombia), la colaboración entre Compañía Zaira Lobato y Peter Levi (México-Brasil), Dinastía Negra (Colombia), Compañía Nahual y la Escuela Nacional de Danza Nellie y Gloria Campobello, entre otras agrupaciones que exploran la riqueza y diversidad de las expresiones dancísticas de raíz africana en América Latina y el Caribe.
Con la segunda edición del festival, la Secretaría de Cultura del Gobierno de México refrenda su compromiso con la visibilización de las raíces afrodescendientes, la descentralización de la vida cultural y la creación de espacios en los que la danza reafirma su papel como memoria viva, espacio de diálogo entre comunidades y reconocimiento de la diversidad que conforma la identidad cultural de México y el Caribe.









