martes, mayo 5, 2026
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Plan B: Austeridad o Distracción Política

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¡Ay, nanita! Ahí va la presidenta Claudia Sheinbaum, con su Plan B electoral, como si fuera el remedio milagroso para una democracia que anda cojeando desde hace rato. Después de que su reforma original se estrellara en la Cámara de Diputados –porque, claro, no juntaron los votos para tocar la Constitución–, la mandataria no se quedó con los brazos cruzados. Anunció esta alternativa que, según ella, promueve la democracia directa y la austeridad. ¿Suena bonito, no? Reducir privilegios en congresos locales y municipios, bajar sueldazos a diputados estatales, achicar el número de regidores, y hasta fortalecer las consultas populares para que el pueblo opine más. Todo sin meterle mano a la Carta Magna, enfocándose en leyes secundarias como la LGIPE, que podría recortar fondos y estructura al INE, desaparecer el PREP y adelantar los cómputos electorales.

Pero, ¡alto ahí, carnales! Mientras la jefa de jefas insiste en que no es derrota, sino un viraje estratégico, uno no puede evitar rascarse la cabeza. ¿Por qué tanto afán en lo electoral justo ahora, en pleno arranque de sexenio? La promesa de austeridad es el gancho: «Menos derroche en el Senado, más poder al pueblo», dice. Y sí, en un país donde los políticos se sirven con la cuchara grande, eso cae como agua bendita. Sin embargo, el chisme es que esto huele a prioridad partidista pura. Morena y sus aliados –esos PT y PVEM que primero criticaron y ahora aplauden– parecen obsesionados con aceitar la maquinaria para las próximas elecciones, como si el 2030 ya estuviera llamando a la puerta.

Lo irónico es que, mientras se la pasan puliendo la imagen de «gobierno del pueblo», los problemas reales se apilan como tortillas en el comal. ¿Y la inseguridad que no cede? ¿La economía que tambalea con inflación y deudas? ¿La salud pública que sigue en el limbo post-pandemia? Nomás se niegan, se maquillan con discursos y se posponen soluciones que exijan sacrificios de verdad, como recortes reales en el gasto público o reformas fiscales que pisen callos. ¡Qué conveniente! Es como si dijeran: «Primero aseguramos los votos, luego vemos lo demás». Y el pueblo, ¿qué? Ahí andamos, entre mantas de héroes políticos y promesas que suenan a telenovela.

Sheinbaum, con todo respeto, es una mujer de acción, pero este Plan B parece más un distractor que un cambio profundo. Si de veras quieren democracia directa, ¿por qué no consultan al pueblo sobre temas que duelen, como la corrupción rampante o la pobreza que no baja? En fin, queridos lectores, en esta jungla política, el voto es rey, pero los nonsanctos siguen reinando. ¡A ver si este Plan B no termina en plan Z de zonceras!

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