El populismo ha emergido como un estilo de gobernanza caracterizado por la imposición de cambios drásticos sin buscar consensos amplios ni involucrar a todos los actores relevantes. Líderes como Donald Trump en Estados Unidos y Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México ilustran esta tendencia, donde la retórica antielitista y las promesas de transformación radical atraen a sectores descontentos, pero generan divisiones profundas y problemas institucionales. Este enfoque, aunque responde a demandas legítimas de reforma en sistemas ineficaces, plantea interrogantes sobre su sostenibilidad y efectos en la democracia.
Trump, durante su presidencia de 2017 a 2021, impulsó medidas como la construcción de un muro fronterizo con México, financiado parcialmente mediante emergencias nacionales declaradas para eludir el Congreso. Esta iniciativa, presentada como solución a la inmigración irregular, careció de consenso bipartidista y provocó litigios judiciales, divisiones sociales y tensiones diplomáticas. Críticos argumentan que tales acciones erosionaron las normas democráticas al concentrar poder en el ejecutivo, ignorando chequeos y balances institucionales. Defensores, por su parte, sostienen que respondía a fallos en el sistema migratorio, priorizando la seguridad nacional sobre burocracias paralizantes.
En México, AMLO, desde 2018, promovió la Cuarta Transformación, un programa ambicioso contra la corrupción, inseguridad e desigualdad. Ejemplos incluyen reformas constitucionales para desplegar al ejército en tareas de seguridad pública, extendiendo su rol más allá de funciones tradicionales sin amplio debate parlamentario ni consulta con expertos civiles. Otro caso es la renegociación del tratado comercial con Estados Unidos y Canadá, donde México cedió en políticas migratorias como el programa «Quédate en México», impuesto bajo amenazas arancelarias de Trump, sin involucrar plenamente a la sociedad civil o oposición. Estos cambios, aunque justificables por ineficacias previas en instituciones como el poder judicial o el sector energético, han sido acusados de dañar el aparato administrativo y polarizar el país, generando nuevos desafíos como mayor militarización y erosión de la independencia judicial.
Distintas posturas emergen en el debate. Por un lado, analistas ven en el populismo una renovación democrática que incorpora voces marginadas y corrige ineficiencias crónicas, ofreciendo políticas directas contra problemas estructurales. Por otro, expertos advierten que la ausencia de consensos fomenta autoritarismo suave, donde líderes concentran poder, debilitan instituciones y generan inestabilidad al no prever reemplazos viables. En ambos casos, Trump y AMLO han sido comparados por su preferencia por el poder individual sobre procedimientos burocráticos, exacerbando divisiones ideológicas.
Este patrón invita a polémica: ¿justifica la urgencia de cambios la omisión de diálogos inclusivos? Mientras algunos celebran la disrupción como necesaria para combatir corrupción y estancamiento, otros temen que propicie retrocesos democráticos, como en la subordinación mexicana a presiones estadounidenses o en las políticas trumpistas que ignoraron impactos humanitarios. La responsabilidad de los líderes radica en equilibrar transformación con participación, evitando que el «cambio a fuerzas» perpetúe ciclos de conflicto. En un contexto global de polarización, estos ejemplos subrayan la necesidad de mecanismos que garanticen reformas duraderas sin sacrificar la pluralidad.





































