El presidente Donald Trump ha intensificado su agenda de política exterior en 2026, avanzando planes que combinan intervencionismo directo con presiones económicas, tras la detención de Nicolás Maduro en Venezuela. Esta estrategia, que incluye la insistencia en adquirir Groenlandia, ofertas de negociación con Irán acompañadas de aranceles, y exigencias a México con amenazas de operaciones militares, genera divisiones globales y debates sobre los límites del poder estadounidense.
En Venezuela, tras la captura de Maduro el 3 de enero, Trump declaró que Estados Unidos «dirigirá» el país temporalmente para garantizar una transición «segura y juiciosa», priorizando el acceso a recursos petroleros para empresas estadounidenses. Defensores de esta postura, como sectores conservadores en Washington, argumentan que estabiliza la región, reduce el flujo migratorio y contrarresta influencias rusas y chinas, alineándose con la Doctrina Monroe actualizada. Críticos, incluyendo analistas europeos y latinoamericanos, la ven como un acto imperialista que viola el derecho internacional, potencialmente estableciendo precedentes para intervenciones autoritarias, similar a Irak en 2003, y arriesgando costos económicos superiores a 100 mil millones de dólares.
La persistencia en comprar Groenlandia, reiterada por Trump como esencial para la «seguridad nacional» ante presencias rusas y chinas, ha tensionado relaciones con Europa y la OTAN. El mandatario ha mencionado opciones militares «siempre disponibles», provocando reacciones de Dinamarca, que advierte sobre el fin de la alianza atlántica. Partidarios destacan beneficios estratégicos en el Ártico, como control de minerales raros y rutas marítimas. Opositores, desde la Unión Europea, lo califican de anacrónico expansionismo que debilita la cohesión transatlántica y fomenta inestabilidad, cuestionando si prioriza intereses corporativos sobre alianzas multilaterales.
Respecto a Irán, Trump ofrece una «mesa de negociación» al régimen, pero impone un 25% de aranceles a naciones que comercien con él, efectivo inmediatamente. Esta dualidad busca presionar por concesiones nucleares y antiterroristas. Simpatizantes la elogian como diplomacia de «máxima presión» que obliga a Teherán a dialogar, potencialmente evitando conflictos mayores. Detractores, incluyendo aliados asiáticos y europeos, la critican por socavar el comercio global y escalar tensiones, especialmente amid protestas internas en Irán, donde podría interpretarse como apoyo encubierto a disidentes o pretexto para acciones militares.
Hacia México, Trump exige «resultados tangibles» contra el narcotráfico, amenazando operaciones terrestres contra cárteles que, según él, «controlan» el país. La presidenta Claudia Sheinbaum rechaza intervenciones, abogando por coordinación bilateral. Apoyadores estadounidenses ven esto como necesario para seguridad fronteriza, reduciendo fentanilo. Críticos mexicanos y observadores internacionales lo perciben como violación de soberanía, invitando a escaladas y dañando relaciones comerciales bajo el T-MEC.
Estas acciones invitan a polémica sobre hasta dónde llegará Trump: ¿reforzará la hegemonía estadounidense o precipitará el aislamiento global? La responsabilidad recae en equilibrar ambiciones con normas internacionales, evitando un nuevo orden unipolar que ignore resistencias regionales. Las implicaciones incluyen realineamientos alianzas y riesgos económicos, demandando vigilancia multilateral.


























