En un nuevo episodio de tensiones transatlánticas, el presidente estadounidense Donald Trump ha intensificado su campaña por el control de Groenlandia, vinculándola directamente a su frustración por no haber recibido el Premio Nobel de la Paz. En un mensaje enviado al primer ministro noruego Jonas Gahr Støre, Trump argumentó que, al no otorgarle el galardón pese a haber «detenido ocho guerras», ya no se siente obligado a pensar «puramente en la paz», aunque esta siga siendo predominante, y enfatizó que el mundo solo estará seguro si Estados Unidos ejerce «control completo y total» sobre la isla autónoma danesa. Esta declaración ha generado un debate global sobre si se trata de una táctica negociadora impulsada por narcisismo personal o una amenaza genuina a la soberanía de un aliado de la OTAN.
Desde la perspectiva de la administración Trump, Groenlandia representa un activo estratégico vital en el Ártico, rico en minerales raros y con potencial militar frente a las ambiciones de Rusia y China. Trump ha justificado su postura alegando que Dinamarca no ha respondido adecuadamente a advertencias de la OTAN sobre amenazas rusas, y ha propuesto una adquisición «fácil o difícil», sin descartar acciones unilaterales. Sus partidarios en Estados Unidos ven esto como una defensa proactiva de intereses nacionales, argumentando que arrendos o acuerdos insuficientes dejan vulnerabilidades, y que las tarifas anunciadas sobre ocho países europeos —incluyendo Dinamarca, Noruega y el Reino Unido— son herramientas legítimas para forzar negociaciones. Sin embargo, esta aproximación invita a la polémica al mezclar agravios personales, como el desaire del Nobel —otorgado por un comité noruego independiente—, con política exterior, lo que críticos califican como un enfoque narcisista que prioriza el ego sobre la diplomacia.

Por el lado europeo, líderes como el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y representantes daneses han rechazado firmemente cualquier cesión, reafirmando la soberanía de Groenlandia y expresando solidaridad con Dinamarca. La Unión Europea ha calificado las amenazas de tarifas —iniciando en 10% y potencialmente escalando a 25%— como «completamente equivocadas» y contraproducentes, advirtiendo de un «espiral descendente» que socava alianzas transatlánticas. Analistas europeos argumentan que esto erosiona la confianza en la OTAN y podría precipitar represalias comerciales, afectando economías interdependientes. Además, la mención implícita de fuerza militar genera alarma, recordando intentos previos de Trump en 2019 y cuestionando si viola normas internacionales.
Este conflicto destaca divisiones ideológicas: mientras algunos ven en las demandas de Trump una realpolitik necesaria en un mundo multipolar, otros lo interpretan como un retroceso al imperialismo, donde reclamos personales justifican agresiones contra aliados. La polémica se amplifica por la ausencia de documentos históricos que respalden reclamos estadounidenses, como alegó Trump, y por debates sobre si su retórica distrae de responsabilidades compartidas en seguridad ártica. En redes sociales, usuarios critican la confusión entre Noruega (sede del Nobel) y Dinamarca, alimentando narrativas de incompetencia.
En última instancia, la viabilidad de estas presiones depende de respuestas unificadas europeas y posibles mediaciones de la OTAN. Si escalan, podrían fracturar alianzas forjadas en la posguerra; si se resuelven, podrían redefinir dinámicas de poder en el Ártico. El episodio subraya un dilema: ¿priorizar seguridad nacional o preservar normas diplomáticas?


























