Ay, qué bonito el discurso de la soberanía cuando conviene. La presidenta Claudia Sheinbaum sale a la mañanera con cara de «no me toquen» y repite que México no va a dejar solo al pueblo cubano, que la ayuda humanitaria es sagrada, que es decisión propia desde hace décadas y que no aceptamos chantajes. Suena lindo, ¿verdad? Pero luego viene el pero: «sin poner en riesgo a México», «buscaremos alternativas», «primero hay que conocer los alcances del decreto (de Trump)». Traducción al español mexicano: ya estamos cediendo poquito a poquito, nomás que no lo digamos tan clarito.
Donald Trump, fiel a su estilo de «mi patio trasero, mis reglas», firmó el 29 de enero un decreto que amenaza con aranceles extras a quien le venda o mande petróleo a Cuba. Y adivinen quién es el principal proveedor de crudo a la isla: Pemex, o sea, nosotros. México manda menos del 1% de su producción, pero justo ahora que Trump quiere revisar el TMEC y ya andamos en pláticas de comercio y seguridad, el mensaje es clarísimo: o cortan el chorrito o les cae el garrote económico.
Sheinbaum habló con Trump por teléfono el mismo jueves, platicaron de comercio y frontera, pero ni una palabra de Cuba, según ella. Horas después, ¡pum!, el decreto. En la mañanera del viernes, la presidenta advierte que esos aranceles podrían desatar una crisis humanitaria brutal en Cuba –hospitales sin luz, comida escasa, servicios básicos colapsados– y llama al diálogo y al respeto al derecho internacional. Hasta propone, con ironía fina, que Estados Unidos mande petróleo a Cuba si tanto les preocupa la crisis. ¡Ja! Como si Trump fuera a regalar gasolina a los Castro 2.0.
La realidad pinta otro cuadro: México ya pausó envíos comerciales por «fluctuaciones» (léase: presión), y lo que queda es la ayuda humanitaria, que suena noble pero en la práctica es mínima. El canciller De la Fuente ya está hablando con Marco Rubio para «conocer alcances» y evitar riesgos. O sea, la obstinación dura lo que dura un bostezo cuando el vecino del norte aprieta el botón de los aranceles. La tradición de solidaridad latinoamericana choca contra la realidad de que el 80% de nuestras exportaciones van a Estados Unidos. Soberanía sí, pero con candadito.
Al final, Sheinbaum defiende el principio, pero prioriza no joder la economía mexicana. Pragmatismo puro, dirán unos; rendición disfrazada, dirán otros. Lo que queda claro es que el «no me dejo» dura mientras no duela en la cartera. Y Trump, con su decreto, ya puso el reloj en marcha.







































