¡Ay, nanita! Apenas arrancó el bendito registro obligatorio de celulares –ese que nos obliga a ligar nuestro número con la CURP para supuestamente combatir extorsiones– y ya Telcel nos regala un show de terror cibernético. Imagínense: introduces un numerito y ¡pum!, salen volando nombres completos, CURPs, RFCs y correos electrónicos como si fuera piñata en fiesta patronal. No, no es chisme de vecindad; es un hackeo en toda regla que dejó expuestos los datos de millones de clientes, según denuncias de usuarios y expertos que no tardaron en armar el alboroto en redes.
Telcel, con esa cara de «yo no fui», admitió una «vulnerabilidad técnica» –eufemismo para decir «nos agarraron con los pantalones abajo»– pero jura y perjura que no hubo filtración masiva. Dicen que solo veías tu propia info, y que lo arreglaron en un par de horas. ¡Claro, y yo soy el Santo Niño de Atocha! La empresa de Carlos Slim, con todo respeto al magnate que ha construido un imperio, asegura que todo está «bajo control» y que nuestros datos están «protegidos». Pero, ¿quién les cree después de este patinazo? Ya hasta la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno abrió investigación de oficio, y Morena pide auditorías con cifrado para no dejar a los usuarios en la calle digital.
Aquí entra la Red en Defensa de los Derechos Digitales (R3D), esos valientes que no se andan con rodeos. Pidieron suspender el registro de tajo, alertando que esto no solo huele a riesgos de ciberseguridad, sino que apesta a violaciones de derechos fundamentales. ¿Por qué? Porque crea bases de datos jugosas para hackers y le da al gobierno acceso a tu info personal sin orden judicial ni nada. ¡Pura miel para los malandrines cibernéticos! José Flores, vocero de R3D, lo dijo clarito: las empresas tuvieron solo 30 días para armar sus sistemas, y ni así evitan desmadres como este. Es inconstitucional, insisten, y debería aplazarse hasta que haya garantías reales, o mejor, cancelarlo de una vez por todas.
¿Y el gobierno? Pues ahí anda, empujando esta reforma de la Ley de Telecomunicaciones como si fuera la panacea contra la delincuencia telefónica. Pero recordemos el viejo RENAUT, que fue un fracaso rotundo y terminó en la basura. ¿Aprendimos? Parece que no. Mientras, nosotros los mortales quedamos expuestos a suplantaciones de identidad o peor, con nuestros datos bailando en la dark web. ¡Qué barbaridad! Si esto sigue, pronto nos pedirán la huella digital para pedir tacos al pastor.
En fin, queridos lectores, este relajo nos recuerda que en México, la tecnología avanza, pero la seguridad se queda en el siglo pasado. ¿Seguiremos registrando o exigiremos freno? La pelota está en la cancha de las autoridades, pero no aguanten la respiración.



































