Nuestros políticos están obsesionados con las selfies

La proliferación de selfies entre políticos mexicanos, particularmente aquellos afiliados a Morena, aunque no exclusiva de este partido, representa un fenómeno que fusiona la comunicación digital con la gestión de imagen pública. Este comportamiento, observado en contextos sensibles, genera interrogantes sobre sus motivaciones y consecuencias, al tiempo que ilustra una tendencia hacia lo que analistas describen como «comunicación vacía»: mensajes visuales que priorizan la apariencia sobre el contenido sustantivo. Dos casos emblemáticos destacan: la selfie del entonces canciller Marcelo Ebrard en el funeral de la reina Isabel II en septiembre de 2022, y la reciente fotografía de la presidenta Claudia Sheinbaum con un herido del descarrilamiento del Tren Interoceánico en diciembre de 2025. Estos episodios no solo han suscitado críticas generalizadas, sino que también invitan a debatir si tales prácticas erosionan la seriedad de la función pública o si responden a una estrategia deliberada en la era de las redes sociales.

 

El caso de Ebrard, quien publicó una selfie junto a su esposa Rosalinda Bueso durante la ceremonia en la Abadía de Westminster, desató una oleada de reproches en plataformas digitales. Usuarios y medios lo acusaron de falta de respeto hacia el protocolo fúnebre, argumentando que el acto convertía un evento solemne en un momento de autopromoción. Ebrard defendió la imagen como un registro personal, pero la controversia resaltó una desconexión entre la percepción pública y la intención del político. Similarmente, la selfie de Sheinbaum con un paciente hospitalizado tras el accidente ferroviario, que dejó 13 fallecidos y 98 lesionados según reportes oficiales, fue justificada por la mandataria como una solicitud de la víctima en proceso de recuperación. Sin embargo, críticos en redes sociales la tildaron de oportunista y carente de empatía, especialmente en un contexto de tragedia nacional. Publicaciones en X, como las que etiquetan el incidente como evidencia de un «gobierno selfie», amplifican esta percepción, sugiriendo que prioriza la imagen personal sobre la atención a las necesidades de los afectados.

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Esta «adicción» a las selfies puede explicarse por varios factores estructurales en el panorama político mexicano. En primer lugar, el auge de las redes sociales como herramienta de comunicación directa con el electorado incentiva a los líderes a humanizarse, mostrando facetas cotidianas para fomentar cercanía. Morena, como partido dominante desde 2018, ha capitalizado esta dinámica, inspirada en el estilo de su fundador Andrés Manuel López Obrador, quien enfatizaba la autenticidad sobre la formalidad. Analistas en columnas periodísticas señalan que esta aproximación busca contrarrestar la imagen elitista de partidos tradicionales como el PRI o el PAN, pero a menudo resulta contraproducente al exponer vulnerabilidades. Por ejemplo, en encuestas del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) de 2025, el 62% de los mexicanos considera que las redes sociales influyen en la percepción de los políticos, aunque el 45% las ve como un medio de manipulación.

No obstante, esta práctica trasciende a Morena. Legisladores de otros grupos, como el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), también han sido captados en selfies durante eventos controvertidos, como reuniones internas que revelan alianzas políticas. Un ejemplo es la fotografía grupal de diciembre de 2024 que involucró a figuras como Adán Augusto López y Ricardo Monreal, interpretada por opositores como símbolo de corrupción interna. Estos incidentes invitan a la polémica al cuestionar si las selfies representan un narcisismo colectivo o una herramienta para desviar la atención de problemas reales, como la inseguridad o la economía estancada. Críticos argumentan que trivializan la responsabilidad pública, convirtiendo tragedias en oportunidades fotográficas, lo que erosiona la confianza ciudadana. Según datos de la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) 2025, la aprobación de la gestión presidencial ha fluctuado, con un 38% de encuestados citando la «falta de seriedad» en la comunicación como factor negativo.

Desde una perspectiva analítica, esta tendencia refleja la evolución de la política en un entorno digital donde el engagement mide el éxito. Plataformas como X e Instagram premian el contenido visual rápido, pero en contextos mexicanos, donde la polarización es alta, tales publicaciones pueden polarizar aún más. Por un lado, defensores de Morena sostienen que estas imágenes fortalecen la conexión emocional con bases populares, humanizando a líderes en un sistema históricamente distante. Por otro, opositores las ven como evidencia de «comunicación vacía», donde el mensaje carece de profundidad, priorizando likes sobre políticas concretas. Este debate se intensifica con casos como el de la senadora Simey Olvera Bautista, criticada en octubre de 2025 por selfies en zonas de desastre sin aportes tangibles, o el de legisladores derrochando en eventos partidistas mientras persiste el desabasto de medicamentos.

En última instancia, la obsesión por selfies plantea un dilema ético: ¿refleja una adaptación inevitable a la era digital o una degradación de la responsabilidad política? Mientras Morena domina el escenario, con un 52% de preferencia electoral según Parametría en diciembre de 2025, estos episodios podrían erosionar su capital simbólico si no se equilibran con acciones sustantivas. La polémica radica en si esta práctica, extendida a todos los partidos, marca el fin de la formalidad tradicional o el inicio de una política más accesible, aunque superficial. Observadores independientes, como el Centro de Estudios Políticos de la UNAM, advierten que sin un enfoque en el contenido real, la democracia mexicana podría convertirse en un álbum de instantáneas efímeras, desatendiendo desafíos estructurales como la pobreza y la violencia.

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