Ah, qué bonito el carrusel de la 4T, donde los puestos se mueven como en tianguis de fin de semana: hoy te toca a ti, mañana a mí. Según lo que destapó Salvador García Soto en su columna, la renovación de la dirigencia nacional de Morena ya tiene nombres propios y no son cualquier cosa. Luisa María Alcalde, la actual dirigente nacional que ha estado en el ojo del huracán por sus retos, declaraciones y las reformas, estaría a punto de dejar la presidencia del partido. Y en su lugar, o mejor dicho, como la nueva cara fuerte, llegaría Citlalli Hernández, la actual secretaria de las Mujeres del gobierno federal, esa que ya dejó la Secretaría General de Morena para subirse al gabinete de Claudia Sheinbaum.
Pero el chisme no para ahí. También se menciona que Andrés Manuel López Beltrán, el hijo del expresidente, saldría de escena o al menos se movería de su posición actual. Andy, como le dicen de cariño en Palacio, que ha estado en el radar por su rol en las «corcholatas» y ahora en la consolidación del partido, parece que se aparta temporalmente de la primera línea. ¿Razones? Oficialmente, para «consolidar» Morena desde otros frentes, pero ya saben cómo son estos relevos: a veces es por estrategia, a veces por no quemar al muchacho tan pronto.
Imagínense la escena: Citlalli, la feminista de cepa, militante de hueso colorado, pasando de ser la secretaria general a la que apoyó a Alcalde en su momento, ahora como posible número uno del partido guinda. ¿Coherencia? Claro que sí, si vemos que Morena quiere proyectar una imagen de continuidad con toques de renovación millennial y de género. Pero no nos hagamos pendejos: esto huele a pacto de cúpula, a esos acuerdos de pasillos donde se decide quién sube y quién se queda viendo desde la banca. Luisa María, con su perfil más técnico y cercano a Sheinbaum, al frente del partido para mantener la disciplina legislativa; Citlalli, con su discurso de derechos de las mujeres, para reforzar la narrativa social y callar bocas críticas.
Y López Beltrán saliendo… ay, qué conveniente. El hijo del jefe máximo se aparta para no dar munición a la oposición que ya lo acusa de nepotismo desde que asomó la cabeza. Pero tranquilos, que en Morena nadie se va del todo: seguro regresa con bomba en 2030 o antes, cuando toque sucesión presidencial.
Al final, esto demuestra que en la 4T la renovación no es tan de bases como de arriba hacia abajo. Las bases aplauden, las cúpulas negocian y los puestos rotan como en un juego de sillas musicales. ¿Saldrá bien? Quién sabe, pero mientras, el partido sigue fuerte, con mayoría aplastante y sin oposición que les haga cosquillas. Lo que sí es seguro: en Palacio no hay amigo eterno, solo intereses eternos. Y el de mantener el poder, ese sí que no caduca.






































