domingo, enero 18, 2026
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Jóvenes, placer y responsabilidad en crisis

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En los últimos años, ha crecido la preocupación entre académicos, psiquiatras y analistas políticos sobre una tendencia observada en las nuevas generaciones: la búsqueda constante de estímulos inmediatos que generen satisfacción personal. Este fenómeno, ampliamente descrito por la psiquiatra Anna Lembke en su libro Generación Dopamina, señala cómo el acceso sin precedentes a tecnologías, redes sociales, videojuegos y sustancias recreativas ha reconfigurado la percepción del esfuerzo, la recompensa y la responsabilidad en la vida cotidiana.

Lembke argumenta que el cerebro humano, evolucionado para responder a escasez, se ve abrumado en un entorno de abundancia constante de placeres artificiales. Esto ha derivado en una menor tolerancia a la frustración, una disminución del compromiso con metas a largo plazo y una creciente dificultad para asumir responsabilidades sociales y cívicas. Desde esta perspectiva, no se trata únicamente de un problema individual, sino de una transformación cultural con implicaciones políticas y económicas profundas.

No obstante, esta visión ha generado polémica. Sectores progresistas y especialistas en juventud critican que este enfoque patologiza comportamientos propios de una era digital, ignorando factores estructurales como la precarización laboral, la desigualdad económica o la falta de oportunidades reales para los jóvenes. Argumentan que lo que se interpreta como hedonismo puede ser, en realidad, una respuesta racional a un sistema que ofrece pocas garantías de movilidad social o estabilidad futura.

Por otro lado, voces conservadoras y liberales clásicas ven en esta tendencia una erosión de los valores tradicionales del trabajo, la disciplina y la responsabilidad colectiva. Algunos incluso vinculan este cambio conductual con una supuesta pérdida de identidad nacional o con la debilidad de las instituciones democráticas, al considerar que ciudadanos menos dispuestos al sacrificio son también menos propensos a participar activamente en la vida pública.

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El debate se intensifica cuando se analizan las políticas públicas. ¿Debe el Estado intervenir para “reeducar” hábitos de consumo digital o fomentar modelos de vida más ascéticos? ¿O debe adaptarse a nuevas formas de interacción social y productividad, reconociendo que los incentivos han cambiado irreversiblemente? La respuesta no es sencilla, y cualquier medida corre el riesgo de caer en paternalismo o en indiferencia frente a problemas reales de salud mental y cohesión social.

Lo cierto es que la tensión entre placer inmediato y responsabilidad a largo plazo no es nueva, pero sí ha adquirido dimensiones inéditas en la era digital. Comprenderla sin caer en alarmismos ni en justificaciones simplistas será clave para diseñar políticas educativas, sanitarias y económicas que respondan a las verdaderas necesidades de las nuevas generaciones, sin sacrificar los pilares de una sociedad funcional.

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