domingo, febrero 15, 2026
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Embajadas Morenistas, el gran escape

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¡Qué bonito panorama, señores! En Morena ya tienen el manual perfecto para cuando un cuadro se vuelve estorbo: ofrézcanle una embajada y listo, problema resuelto sin mancharse las manos. Adán Augusto López Hernández, el que juraba ser el más leal de los leales, renunció al Senado en febrero de 2026 entre rumores de que le ofrecían París, La Habana o Brasil para que se fuera calladito. ¿La razón? Filtraciones gringas lo pintan de compadre del narco. En vez de aclarar o investigar, ¡zas!, boleto de avión y sueldo en dólares. Él dice que no, que se queda de “soldado raso”, pero todos sabemos que el fuero es más cómodo que un sillón de embajador.

Luego viene Alejandro Gertz Manero, el fiscal que filtraba expedientes como si fueran memes. Salió de la FGR en 2025 dejando un reguero de escándalos que ponían nerviosa a toda la 4T. ¿Solución? Una embajadita en Europa, tal vez Londres o Berlín, para que se lleve sus secretos al otro lado del charco. Del banquillo de la justicia al banquillo de la diplomacia: carrera meteórica, ¿no?

Y el remate: Marx Arriaga, el fanático que defendía los libros de texto como si fueran la Biblia de la Nueva Escuela Mexicana. Se volvió tan molesto con su “ni una coma” que lo corrieron de la SEP. ¿Qué le ofrecieron? Una embajada en algún país latinoamericano. La rechazó, claro, porque él es mártir, no traidor. Acabó gritando corrupción y llamando a la rebelión desde las oficinas. ¡Qué drama!

La neta, con tantos morenistas en el ojo del huracán –corrupción, filtraciones, sospechas de nexos oscuros–, ya no caben en las embajadas existentes. ¿Qué sigue? ¿Abrir representaciones en la Luna o en Marte? Porque aquí en la Tierra ya no hay espacio para tanto “exiliado dorado”. Con todo respeto, señora presidenta, si tanto presumen de “no hay impunidad”, ¿por qué no aplican la ley de una buena vez? ¿O es que el bote es muy chico y las embajadas son más baratas y discretas? Porque a este paso, el próximo sexenio vamos a tener que pedirle a la NASA que nos preste un cohete para mandar a los “problemáticos” a otro planeta. ¡Y ni así se acaba el desmadre! Al final, el pueblo se queda con la bronca y ellos con el pasaporte diplomático. ¡Viva la transformación, carajo!

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