lunes, febrero 16, 2026
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El Dilema Moral de la Oposición: ¿Autocrítica o Extinción?

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La política mexicana contemporánea se desenvuelve en un escenario de profunda desconfianza ciudadana, un caldo de cultivo ideal para el surgimiento de nuevas alternativas o la consolidación de las existentes. Sin embargo, la actual coyuntura muestra una paradoja alarmante: mientras el partido en el poder, Morena, enfrenta una de sus crisis de legitimidad más significativas, la oposición partidista parece incapaz de capitalizar este momento, atrapada en su propio laberinto de contradicciones y acusaciones. Lejos de presentarse como un faro de esperanza y una opción renovada, los partidos opositores replican patrones que los han desacreditado en el pasado, evidenciando una preocupante falta de autocrítica y estrategia.

El caso de Adrián de la Garza, exalcalde de Monterrey, y Silvano Aureoles, exgobernador de Michoacán, son ejemplos paradigmáticos de esta erosión. De la Garza arrastra señalamientos por presuntas irregularidades durante su gestión y vínculos con el crimen organizado, imputaciones que, aunque en proceso, pesan sobre la percepción pública. Por su parte, Aureoles enfrenta una investigación en curso que ya ha llevado a prisión a varios de sus excolaboradores por desvíos de recursos. Estos expedientes no solo representan un flanco débil para los individuos involucrados, sino que se convierten en un ancla que arrastra a las formaciones políticas que los arropan.

La ciudadanía, cada vez más informada y menos tolerante a la impunidad, observa con escepticismo cómo los partidos que deberían erigirse como contrapesos morales y éticos, arrastran sus propias cargas. La expectativa no es solo un discurso alternativo, sino una praxis política impecable. La crítica a Morena por actos de corrupción o ineficiencia pierde credibilidad cuando proviene de voces que no han resuelto sus propios señalamientos. Este doble rasero genera una sensación de «más de lo mismo», diluyendo la posibilidad de una verdadera alternativa y consolidando la percepción de que la política es un coto cerrado, sin diferencias sustanciales entre sus actores.

La ausencia de una reacción contundente por parte de los partidos de oposición ante estos casos internos es particularmente inquietante. La falta de mecanismos de depuración efectivos, la ausencia de una postura firme frente a la corrupción entre sus filas y la tibieza en el deslinde de responsabilidades proyectan una imagen de complacencia o, peor aún, de complicidad. ¿Cómo pueden aspirar a la confianza ciudadana si no demuestran una capacidad real para la autorregulación y la rendición de cuentas?

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La oportunidad histórica que se presenta para la oposición es, en este sentido, un espejo. Un espejo donde deberían reflejarse no solo los errores del adversario, sino, fundamentalmente, sus propias debilidades. La verdadera disrupción política no reside únicamente en señalar las fallas del gobierno en turno, sino en mostrar, con acciones y ejemplos, una diferencia tangible en principios y prácticas. La autocrítica radical, la transparencia proactiva y la firmeza ante la corrupción interna son los únicos caminos para reconstruir la credibilidad y presentarse, genuinamente, como una opción viable para el futuro de México. De lo contrario, la historia los relegará a la irrelevancia, incluso en medio de las crisis más profundas de sus adversarios.

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