viernes, marzo 6, 2026
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Con su reforma electoral, Sheinbaum busca ganar perdiendo

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El reciente anuncio de la Presidenta Sheinbaum respecto a la posibilidad de que su reforma electoral no prospere en el Legislativo marca un hito en la narrativa política de su mandato. Lo que inicialmente se interpretó como una muestra de realismo político ante la complejidad del panorama legislativo, rápidamente fue reescrito como un acto de congruencia y un cumplimiento del compromiso adquirido. Esta relectura de la realidad política plantea interrogantes fundamentales sobre la naturaleza del poder, la relación entre el Ejecutivo y el Legislativo, y la redefinición del concepto de victoria y derrota en el ámbito político.

En primer lugar, la declaración de la mandataria sobre su cumplimiento por el mero hecho de presentar la iniciativa de reforma electoral denota una visión minimalista del quehacer gubernamental. Si bien es cierto que la presentación de propuestas es una de las funciones clave del Poder Ejecutivo, el éxito de un gobierno no se mide por la cantidad de iniciativas presentadas, sino por su capacidad para materializarlas y convertirlas en políticas públicas efectivas. Esta postura, lejos de demostrar una supuesta «derrota de la Presidenta Sheinbaum», como se ha argumentado, revela una preocupante abdicación de la responsabilidad de liderar y negociar las reformas necesarias para el país.

Por otro lado, la afirmación del coordinador de los diputados de Morena, Ricardo Monreal, de que el rechazo de la reforma constituiría una «victoria» por congruencia es una muestra de cinismo político difícil de superar. Esta redefinición del concepto de victoria busca justificar el fracaso legislativo como un acto de heroísmo, elevando la supuesta «congruencia» a la categoría de virtud suprema. Sin embargo, la verdadera congruencia no consiste en persistir en una postura independientemente de su viabilidad política, sino en buscar soluciones pragmáticas y consensuadas que beneficien a la sociedad en su conjunto.

Esta narrativa de la «derrota como victoria» también pone de manifiesto la creciente desconexión entre la clase política y la ciudadanía. Mientras que los políticos se enfrascan en debates sobre la «congruencia» y el «cumplimiento de compromisos», la sociedad civil sigue demandando soluciones concretas a los problemas reales que aquejan al país. Esta desconexión no solo erosiona la confianza en las instituciones democráticas, sino que también dificulta la construcción de consensos necesarios para impulsar el desarrollo nacional.

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Por si fuera poco, esta relectura de la realidad política busca occultar la debilidad del partido en el poder y su incapacidad para forjar coaliciones legislativas estables. La supuesta «independencia» de Morena respecto a sus aliados incómodos se presenta como una muestra de fortaleza, cuando en realidad refleja una falta de capacidad para negociar y llegar a acuerdos. Esta incapacidad para construir consensos no solo dificulta la aprobación de reformas, sino que también genera inestabilidad política y debilidad institucional.

En conclusión, la narrativa de la «derrota como victoria» es una estrategia de control de daños que busca ocultar la debilidad del gobierno y su incapacidad para liderar y negociar las reformas necesarias para el país. Esta narrativa, lejos de fortalecer la democracia, erosiona la confianza en las instituciones democráticas y dificulta la construcción de consensos necesarios para impulsar el desarrollo nacional. La verdadera victoria no consiste en persistir en una postura independientemente de su viabilidad política, sino en buscar soluciones pragmáticas y consensuadas que beneficien a la sociedad en su conjunto.

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