Órale, compadres, en la mañanera de este 25 de febrero la presidenta Claudia Sheinbaum soltó la joyita: vamos a facultar al INE para que baje “fake news” y contenido de IA en tiempo real durante las campañas. Suena de lujo, como si el árbitro electoral se pusiera la capa de Superman digital y nos salvara de los bots y las mentiras que envenenan el voto. La buena intención está ahí, nadie lo niega. Nadie quiere que las redes se conviertan en un basurero de deepfakes y cuentas pagadas.
Pero espérate tantito, porque cuando le rascas tantito al asunto, el olor a censura disfrazada se siente a leguas. Resulta que ahora una autoridad administrativa —no un juez, no un debate público— decide en caliente qué es verdad, qué es error, qué es sátira y qué es “desinformación”. ¿Y si el post que baja es una investigación incómoda? ¿Una crítica dura pero cierta? ¿Un meme que duele? Primero lo tumban, luego a ver si lo regresan… cuando la narrativa ya cambió y las elecciones van de salida.
“Fake news” no es categoría jurídica clara, carnal. Puede ser todo: un dato equivocado, una opinión cabrona, una caricatura o simplemente algo que le cae mal al que manda en turno. En 48 horas de campaña un tuit puede voltear la elección. Imagínense: bajan un video de bloqueos en alguna carretera porque “es fake”, y al rato resulta que era real. O al revés. El que tenga el control del changarro decide qué circula y qué no. Y el poder, cuando se concentra, siempre tienta. Siempre.
La presidenta insiste en que es para proteger la equidad. Perfecto. Pero el diseño es el problema: decisión inmediata, sin control judicial previo, en plena contienda. Eso no es limpiar las redes, es ponerle candado al debate con el sello oficial del INE. Al final, el que pierde no es el mentiroso: es la libertad de decir las cosas como son, aunque duelan.
Porque en una democracia de verdad las mentiras se combaten con más verdad, no con un botón de “bajar” en la oficina de un consejero. Esto no es regular, es censurar con otro nombre. Y eso, estimados lectores, no protege al votante… lo protege al que ya ganó la mayoría.




































