¡Ay, nanita! Aquí en México nos encanta eso del antiimperialismo, con razón histórica: los gringos nos han quitado territorio, nos han invadido y nos han tratado como patio trasero desde hace siglos. Benito Juárez lo dijo claro: «El respeto al derecho ajeno es la paz». Pero, caray, ¿eso significa que tenemos que abrazar a cualquier dictadorzuelo que se declare «anti yanqui»?
Mira lo que pasó este 3 de enero: Trump mandó una operación militar relámpago, capturó a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores en Caracas, con explosiones y todo el show. Lo sacaron del país y lo llevan a juicio en Nueva York por narcoterrorismo. Maduro, el que se robó elecciones, reprimió protestas y dejó a Venezuela en la ruina con millones huyendo, ya está preso. Y nuestra presidenta Claudia Sheinbaum sale rapidito a condenar la «intervención militar» de Estados Unidos, citando la Carta de la ONU y pidiendo respeto a la soberanía. ¡Claro, soberanía! Como si Maduro respetara la de su propio pueblo.
No es nuevo: la izquierda mexicana, con su venda ideológica bien puesta, siempre defiende a regímenes como el de Venezuela, Cuba y Nicaragua. Ahí están Díaz-Canel y Ortega, aferrados al poder con represión, cárceles llenas de opositores y economías en el suelo. Cuba dependiendo del petróleo venezolano que ya no llega, Nicaragua persiguiendo curas y periodistas. ¿Y nosotros? Solidaridad automática porque «son antiimperialistas». ¡No mames! El antiimperialismo no puede ser pretexto para aplaudir dictaduras que torturan a su gente y exportan miseria.
El fanatismo ideológico es cabrón, ciega hasta lo obvio. Podemos criticar al Tío Sam por sus abusos –y este operativo huele a unilateralismo puro–, pero no por eso hay que santificar a tiranos. Si no quitamos la venda, seguiremos confundiendo resistencia con autoritarismo. Al final, el pueblo venezolano celebra en las calles, mientras algunos aquí siguen llorando por un dictador caído. ¿No que no?




























