¡Ay, nanita! Justo cuando pensábamos que la política mexicana ya no podía sorprender, llega el Operativo Enjambre y nos deja con la boca abierta, como si hubiéramos chupado un limón con sal después de un shot de tequila malo. Ahí va el alcalde de Tequila, Jalisco, Diego Rivera Navarro, detenido el 5 de febrero de 2026, acusado de extorsionar a las empresas tequileras –sí, esas que producen el elixir que nos hace olvidar las broncas–, desviar lana pública y, para rematar, tener nexos con el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Junto con él cayeron tres funcionarios más de su ayuntamiento, en un operativo que parece sacado de una novela de narcos, pero con menos glamour y más realidad cruda.
Y no es el único: este Enjambre, una estrategia federal para desmantelar redes corruptas en municipios, ya ha picado en el Estado de México, donde han caído alcaldes vinculados a la Familia Michoacana por extorsión y corrupción. Hasta ahora, suman al menos cuatro presidentes municipales tras las rejas, todos por meter la mano donde no debían, aliándose con el crimen organizado para llenarse los bolsillos. Omar García Harfuch, el secretario de Seguridad, lo presume como un golpe certero, pero uno se pregunta: ¿cuántos más hay por ahí, disfrazados de servidores públicos, haciendo tratos bajo la mesa?
Imagínense el panorama: si sigue este ritmo, nos quedamos con un montón de municipios huérfanos, sin alcalde porque andan en el tambo. ¿Y entonces qué? ¿Nombramos interinos que terminen igual de torcidos? ¿O dejamos que los pueblos se autogobiernen, como en los viejos tiempos, con asambleas y sin tanto rollo? La ironía es que estos «líderes» llegan prometiendo cambio, pero acaban en el mismo lodazal de siempre, financiando cárteles con impuestos que pagamos nosotros, los de a pie. Rivera Navarro, por ejemplo, hasta tenía mercenarios colombianos y pistoleros michoacanos en la nómina municipal –¡pues qué chulada de administración!
Con respeto a las autoridades que sí chambean limpio, como Harfuch, que al menos está moviendo el avispero, pero el chiste es que esto nos deja pensando: ¿la transformación es real o solo un disfraz para los mismos pillos? Mientras, los ciudadanos seguimos pagando el pato, esperando que el Enjambre no deje de zumbar hasta limpiar el panal. ¡Salud por eso, pero con tequila honesto!






























