Ni el puente de Día de Muertos ni las ofrendas de pan de muerto apagaron el escándalo. Al contrario: el “clan Taddei” sigue dando de qué hablar como si los muertos se hubieran puesto a filtrar contratos. Guadalupe Taddei ya renunció a la presidencia del INE, acorralada por videos de su hijo en un hotel de lujo en París con el empresario José Alfredo Hernández Casillas, por adjudicaciones millonarias a empresas del mismo círculo y por una red que, según las investigaciones de la Auditoría Superior y la Unidad de Inteligencia Financiera, repartió más de mil millones de pesos en al menos trece organismos electorales estatales.
El modus operandi parece sacado de manual de “cómo hacer que la competencia sea de mentiritas”: varias empresas del mismo grupo se presentaban como rivales en las licitaciones para asegurar que el contrato cayera en casa. Funcionarios cercanos a Taddei —algunos que antes representaban legalmente a esas mismas compañías— ocuparon puestos clave de administración y contrataciones. El chofer de la expresidenta resultó apoderado de una de las firmas. Y las pesquisas siguen: el Órgano Interno de Control ya tiene decenas de expedientes abiertos, imputaciones y observaciones por posibles conflictos de interés, triangulación de recursos y simulación.
Lo que más duele en Palacio y en las oficinas de Morena no es tanto el pasado de Sonora (donde Taddei ya hacía negocios con los mismos proveedores cuando presidía el instituto local), sino el presente y el 2027. El proceso electoral federal ya arrancó. Un árbitro manchado de esta forma no es regalo para nadie, menos para quienes gobernarán con la mirada puesta en las intermedias. Sheinbaum ha salido a desmarcarse: que Taddei llegó al INE por sorteo, que su trayectoria empezó cuando Morena ni existía, que hay que investigar a fondo. Correcto. Pero la desesperación se huele: cada nuevo detalle de contratos en Veracruz, Quintana Roo, Estado de México o donde sea que se haya “infectado” un OPLE es un recordatorio de que la casa no estaba tan limpia como se vendía.
La ironía es gruesa. El mismo instituto que debe cuidar la pureza del voto terminó con una red de proveedores, fiestas y parentescos que huele a lo de siempre. Los muertos del puente ya se fueron; el escándalo, no. Y mientras sigan saliendo papeles, videos y expedientes, el clan seguirá vivo en la conversación pública, aunque ya no ocupe el sillón presidencial del INE. A ver si esta vez sí se limpia de raíz, o si solo cambian de mesa de ofrenda.



















