La telenovela de Guadalupe Taddei sigue con capítulos diarios y el público ya no sabe si reír, llorar o cambiar de canal. La consejera presidenta del Instituto Nacional Electoral se aferra al sillón como quien se agarra del último vagón del Metro en hora pico. “No me voy”, les dijo a sus colegas en una reunión virtual. Todo es, según ella, un “golpeteo político”. Mientras tanto, los videos siguen saliendo como los capítulos de una serie barata de fin de semana.
Aparece Alfredo Hernández Casillas, el proveedor de cajas y materiales electorales cuyos contratos rondan los doscientos millones de pesos, brindis de champán en un hotel de cinco estrellas en París con el hijo de Taddei, fiestas de cumpleaños, reuniones familiares y hasta unos audios donde el tono se pone más “mi cielo” y “te amo” que de una relación estrictamente comercial. Uno se pregunta si el contrato venía con viaje a la Ciudad Luz incluido o si la amistad se cultivó primero y los contratos después. Da igual el orden: el olor a conflicto de interés ya no se tapa ni con ambientador industrial.
Hasta en las redes de quienes juran lealtad a la Cuarta Transformación se escucha el grito de “ya bájenla”. No es cosa de la oposición nomas. Cuando los propios devotos empiezan a fruncir el ceño, el problema ya no es de percepción: es de fondo. Taddei insiste en que se ha conducido con probidad y que la Auditoría Superior de la Federación puede hurgar a gusto. Bien por la apertura, pero la confianza no se recupera con comunicados a medianoche ni con “yo no sabía”.
El daño colateral es el que duele de verdad. A menos de un año de las elecciones de 2027, la autoridad electoral empieza a oler a desconfianza. Y cuando la gente duda del árbitro, los partidos se preparan para el show de amparos, impugnaciones y tribunales llenos. Al final, nadie queda contento: ni quien gana ni quien pierde. Solo se llena el expediente de abogados y se vacía la fe ciudadana.
Uno entiende que nadie quiere soltar el hueso cuando el poder sabe rico, pero hay momentos en que quedarse hace más daño que irse. Taddei puede tener razón en que hay golpes políticos; también puede tener razón en que no todo está demostrado. Lo que no puede negar es que la imagen del Instituto ya está rayada y que cada día que pasa con este culebrón se pone más difícil convencer a la ciudadanía de que el voto estará a salvo de sospechas.
México no necesita otra telenovela de corrupción institucional. Ya tenemos suficientes. Lo que urge es un árbitro que no genere más ruido que las propias elecciones. Mientras tanto, el capítulo sigue abierto y el público, cada vez más harto, espera el desenlace. Ojalá no sea a costa de la confianza que tanto costó construir.



















