Mire usted, qué coincidencia tan divina. Los trabajadores del IMSS salen a las calles a gritar por un sueldo que no les alcanza ni para el taco de la esquina, por la salida del secretario general de su sindicato —ese que firmó un aumento de risa— y porque en los hospitales faltan medicamentos e insumos como si estuviéramos en época de escasez medieval. Cierres de vialidades, plantones, consignas y hasta el Himno Nacional a todo volumen. Y resulta que, según el discurso oficial, no es por lo que ellos mismos dicen, sino “por otros temas”.
Ah, caray. Qué cómodo resulta explicar el descontento como si fuera un misterio de la fe. Mientras médicos, enfermeras, jubilados y personal de base bloquean avenidas en media república y anuncian marcha nacional para el 14 de octubre, aparece el apoyo del Sindicato del Metro y de la CNTE. No es un grupito aislado: se está armando un movimiento que huele a algo más grande. Y en vez de reconocer que el sistema de salud sigue con agujeros que ni el mejor parche tapa, se prefiere el relato de que “todo está controlado” o que la bronca es otra.
Lo más jodido es que esto no es invento de protesta. Familias de niños con cáncer llevan años denunciando el desabasto de medicinas oncológicas. Miles de derechohabientes del IMSS suben a sus redes fotos de recetas sin surtir, de quirófanos parados por falta de material, de turnos eternos porque no hay personal suficiente. No es un secreto de Estado: es la vida diaria de quien llega a una clínica con la esperanza de que le den algo más que una sonrisa y un “regresa la próxima semana”.
El aumento que ofrecieron —ese 2.9 por ciento directo al tabulador que ni siquiera cubre la inflación de la tortilla— les parece una burla a los trabajadores. Exigen el 10 por ciento y condiciones dignas para atender a la gente. Y tienen razón en exigir. Porque cuando falta el medicamento o el guante o el equipo, quien paga el precio no es el funcionario de escritorio, sino el paciente que se queda a medias.
Se puede respetar a la presidenta y su esfuerzo por visitar hospitales. Se puede reconocer que el sistema es enorme y complejo. Pero negar o minimizar lo que la gente vive en carne propia solo enciende más la mecha. El discurso que busca ocultar las deficiencias en lugar de confrontarlas termina siendo el mejor combustible para que las protestas crezcan. Y creciendo van.
Al final, la salud pública no se arregla con frases bonitas ni con el “son otros temas”. Se arregla con medicinas en los anaqueles, con salarios justos y con la valentía de admitir lo que falta. Mientras tanto, los trabajadores del IMSS ya no están dispuestos a seguir callados. Y esa, señores, es la realidad que no se puede maquillar.













