Cuéllar huye de protesta campesina

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Parece que a los de Morena se les está subiendo la alergia a la protesta hasta el copete. Ya no es que les dé comezón: ahora les da hasta pánico. Ahí tienen el caso de la gobernadora de Tlaxcala, Lorena Cuéllar, que el otro día en Calpulalpan tuvo que salir por la puerta de atrás, como quien se esconde del cobrador de la luz.

Resulta que fue a poner la primera piedra de eso que llaman Ciudad del Adulto Mayor, todo muy solemne, muy de foto y discurso. Pero se le aparecieron los de Agricultura Digna Tlaxcala, productores del campo que traen meses de reclamos a cuestas. Llegaron, rodearon la salida de la camioneta y le soltaron el “¡represora, represora!” con todo el gusto del mundo. No era un asalto a mano armada: era gente del campo pidiendo lo que llevan pidiendo desde marzo: apoyos de verdad, un fondo para enfrentar sequías, heladas y granizadas, y que por fin les den la cara.

Ocho solicitudes de audiencia han entregado, según ellos, y ni una reunión directa con la gobernadora. Y todavía arrastran el coraje del operativo del 7 de abril, cuando la policía les cayó a las protestas campesinas. Entonces no es de extrañar que, en cuanto se acercaron, el equipo de seguridad haya preferido cambiar la ruta y sacarla por otro lado, como si estuvieran enfrentando a un comando en vez de a unos productores con tractores y pliegos petitorios.

Lo irónico es que se trata de una administración que presumía cercanía con el pueblo, con el campo, con los de abajo. Pero cuando los de abajo llegan a gritar, de pronto la cercanía se convierte en distancia de seguridad. Cuéllar después salió a decir que “todo con respeto” y que muchas demandas son federales. Muy bien, pero ocho oficios sin respuesta y un operativo todavía fresco no se borran con una frase de manual.

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Al final, el mensaje que queda es claro: protestar en Tlaxcala se está volviendo un deporte de alto riesgo para la agenda oficial. Los campesinos no piden la luna; piden que les hagan caso. Y si la respuesta es salir por la puerta trasera, pues no se quejen después cuando el campo se les ponga más bravo. Porque la alergia a la protesta, si no se atiende, termina en urticaria política de las que no se quitan fácil.

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