El desgaste numérico se acumula
Las cifras ya no admiten interpretaciones complacientes. La encuesta de Buendía y Asociados difundida por El Universal documenta que Morena pasó de una intención de voto de 46% en febrero de 2025 a 34% en febrero de 2026, mientras que la proporción de personas que se consideran «de Morena» se ubica actualmente en 34%, por debajo de 45% reportado en febrero de 2025. Un ejercicio distinto, de Enkoll, confirma la tendencia: entre octubre de 2025 y mayo de 2026, Morena pasó de tener un 48% de intención de voto a un 39% de las preferencias para la Cámara de Diputados. La medición de la politóloga Lorena Becerra añade una dimensión personal al fenómeno, al registrar que la opinión favorable hacia Morena pasó de 71% en marzo de 2025 a 57% en mayo de 2026 y que Claudia Sheinbaum pasó de tener una aprobación del 80% en marzo de 2025 a 59% en mayo de 2026. El desplome no es marginal: es sistemático y transversal a distintas casas encuestadoras, lo que reduce el margen para descalificarlo como ruido metodológico.
Sinaloa, la anomalía que desafía el patrón
Aquí se localiza la paradoja que exige explicación. En la entidad donde la crisis de gobernabilidad ha sido más severa —con el conflicto entre facciones del crimen organizado y el señalamiento directo contra el gobernador con licencia Rubén Rocha Moya—, Morena conserva ventaja. La encuesta de GobernArte encontró que el 33% de los encuestados votaría por Morena en las próximas elecciones de 2027, mientras que el 17.6% lo haría por el PAN, y estudios posteriores de El Financiero ubicaron al partido guinda en 38 por ciento de la intención de voto para la gubernatura. Sin embargo, esa misma ventaja convive con un rechazo social hacia el propio gobernador: un sondeo levantado a finales de agosto reveló que 54.9% de las personas informadas consideró que las autoridades mexicanas estaban protegiendo políticamente a Rocha y que 68.9% de los consultados por Polister consideró que la Federación debía pedirle que se apartara del cargo, además de que 65.4% veía una afectación directa a la imagen de Morena por ese intento de regreso. La contradicción es evidente: se desconfía del gobernador, pero se sigue votando por el partido que lo cobijó.
El miedo como variable oculta
Esta disonancia no puede leerse sin considerar el instrumento mismo. Las encuestas levantadas en Sinaloa durante los meses más álgidos de la violencia reportaron tasas de rechazo notablemente altas: la encuesta de GobernArte fue realizada en Sinaloa del 2 al 6 de mayo y entrevistó a 500 personas, con 95% de confianza con una tasa de rechazo de 58%. Una tasa de esa magnitud, en un estado donde circulan grupos armados en disputa territorial, abre una hipótesis incómoda: que la negativa a responder no sea apatía, sino cautela. Especialistas consultados en otros contextos han señalado que niveles de rechazo cercanos al 80% podrían introducir sesgos relevantes en las muestras, aunque el umbral exacto sigue siendo materia de debate técnico. Lo cierto es que un elector que teme identificarse políticamente en una zona de conflicto no es un elector indeciso: es un elector silenciado, y ese silencio puede estar ocultando un malestar que las cifras oficiales del voto aún no capturan.
Una ofensiva jurídica que no cesa
El otro vector de esta erosión proviene de Washington. La revocación de visas a funcionarios morenistas se ha vuelto rutina: se han sumado a la lista, entre otros, Andrés Manuel López Beltrán, Marina del Pilar Ávila y los gobernadores Alfonso Durazo y Américo Villarreal, en un contexto en que la administración de Donald Trump ha revocado las visas de al menos 50 políticos y funcionarios mexicanos como parte de una campaña dirigida contra personas señaladas por presuntos vínculos con organizaciones criminales. Cada nuevo caso reaviva el debate sobre si se trata de una estrategia legítima contra la infiltración criminal en la política o de una forma de injerencia con cálculo electoral. Morena ha optado sistemáticamente por la segunda lectura, envolviendo cada episodio en la bandera de la soberanía nacional, mientras la oposición —como ha planteado públicamente el dirigente panista Jorge Romero, quien atribuye el crecimiento del PAN al pasar del 7% al 21% en las preferencias electorales al desgaste de Morena por sus vínculos con el narcotráfico— construye ahí su narrativa de recambio.
La pregunta que Morena no puede evadir
El patrón nacional apunta a un desgaste real, medible y sostenido. El patrón estatal en las zonas más golpeadas por la violencia sugiere, en cambio, resiliencia electoral o, alternativamente, una medición distorsionada por el miedo. Ambas lecturas no son mutuamente excluyentes: es posible que Morena esté perdiendo terreno entre el electorado que se siente libre de opinar, mientras retiene o incluso oculta su verdadero nivel de respaldo entre quienes prefieren no exponerse. Si las acusaciones desde Estados Unidos y las investigaciones periodísticas seguirán multiplicándose de cara a 2027, como todo indica, ¿podrá Morena sostener su base electoral en los territorios donde el miedo, más que la convicción, define quién decide hablar?


















