Devotos, elecciones y otros políticos non sanctos: Marcha por Andy y la visa

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Resulta que en las asambleas de Morena, según cuentan por ahí en los portales, alguien levantó la mano y soltó la brillante idea: ¿y si organizamos una marcha en la Ciudad de México para respaldar a Andy López Beltrán? El hijo del expresidente, el que hasta hace poco andaba de secretario de Organización y ahora busca diputación en Tabasco, se quedó sin visa gringa y el partido quiere cerrar filas como si le hubieran quitado el pasaporte a la patria misma.

La propuesta, dicen las fuentes, salió en medio de esas reuniones donde se habla de soberanía, injerencia y de que Estados Unidos anda de metiche. Andy ya sacó su carta dirigida a Trump, donde califica el asunto de politiquería y hasta de estilo “hitleriano”, y jura que no hay prueba de nada en su contra. Morena, Sheinbaum, Brugada y medio batallón guinda salieron a defenderlo: que es mensaje político, que no implica delito, que México es libre y soberano. Todo muy bien, hasta ahí.

Pero una marcha en el Zócalo o por las avenidas capitalinas para que le devuelvan la visa a un político… oiga, eso ya huele a exageración de antología. ¿Qué sigue? ¿Concentraciones para que le den el visto bueno al hijo de fulano o al sobrino de mengano? Como si la gente no tuviera otras preocupaciones: la inseguridad, el precio del huevo, el transporte que se cae a pedazos. Pero no, el show debe continuar y el pechito herido de la familia política necesita su dosis de solidaridad pública.

Entiéndase: nadie niega que quitar visas a políticos mexicanos puede oler a presión o a mensaje crudo desde el norte. Ya van varios de la 4T en la lista y Washington no se anda con rodeos. El problema es convertir cada revés personal en bandera de soberanía nacional. Andy no es el único mexicano al que le niegan la entrada a Estados Unidos; hay miles de paisanos que sufren lo mismo sin que nadie organice plantones ni asambleas de emergencia. Pero como es el hijo de quien es, aquí se arma la fiesta.

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Si al final sale la marcha, habrá banderas, gritos de “¡soberanía!” y tal vez hasta alguna consigna creativa. Los organizadores dirán que es por la patria; los críticos, que es por el compadrazgo. Y el resto de mortales, mientras tanto, seguiremos viendo el circo desde la banqueta, preguntándonos cuándo la política dejará de parecer un drama familiar disfrazado de causa nacional.

Porque, seamos honestos, si cada vez que a un dirigente le pasa algo hay que salir a las calles a defenderlo, vamos a acabar marchando más que trabajando. Y eso, compañeros, ya no es transformación: es puro show.