Devotos, elecciones y otros políticos non sanctos: Mérida se esfuma del penal

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Órale, qué sorpresa. El general en retiro Gerardo Mérida, aquel que fue secretario de Seguridad Pública en Sinaloa y terminó entregándose en Arizona, ya no aparece en la ficha del Buró de Prisiones de Estados Unidos. Desde el 11 de agosto salió del Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn y punto. No hay auto de liberación, no hay fiesta, no hay nada. Simplemente se esfumó del registro como si se lo hubiera tragado la tierra.

Y aquí viene lo interesante: cuando un acusado de ese calibre deja de figurar sin que un juez diga “libre”, lo más probable es que esté negociando. De los diez señalados por presuntos vínculos con la facción de Los Chapitos, Mérida parece haber optado por el camino del testigo colaborador. No es que se haya vuelto santo de la noche a la mañana; es que cuando te enfrentas a cargos de narcotráfico y armas, y tienes información de primera mano sobre quién cobraba, quién avisaba y quién hacía la vista gorda, el Departamento de Justicia suele abrir la puerta a “pláticas productivas”.

Esto debería poner nerviosos a más de uno. Al gobierno federal, que ha insistido en que las acusaciones carecen de pruebas sólidas. A la presidenta, que ha pedido evidencias concretas una y otra vez. Y, claro, a Morena, porque el impacto en la imagen no se limpia con un discurso de “persecución política”. Cuando uno de los tuyos (o de los que fueron) empieza a cantar al otro lado de la frontera, el cuento de que todo es invento se vuelve más difícil de vender.

Mérida no está libre. Sigue bajo custodia, pero ya no en el penal común. Eso, en el lenguaje de las negociaciones, suele significar que está dando datos a cambio de un trato menos pesado. Y mientras en México se discute si hay o no pruebas, en Nueva York alguien podría estar armando el rompecabezas con la ayuda de quien estuvo adentro.

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Así que ahí está el general: ni preso a la vista ni libre del todo. Solo un misterio que, de confirmarse, va a doler más de lo que duele un simple traslado de celda. Porque cuando uno de los acusados decide hablar, el silencio de los demás se vuelve ensordecedor.

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