martes, febrero 24, 2026
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México: el relevo criminal no detendrá la sangre

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La caída de figuras del ámbito criminal como Nemesio Oseguera Cervantes, alias «El Mencho», lejos de representar un alivio para la seguridad nacional, marca el inicio de una fase de fragmentación y recrudecimiento de la violencia. La historia política y criminal de México demuestra que la estrategia de descabezamiento de cárteles es una victoria pírrica: se celebra en los podios oficiales, pero se padece en las calles. La detención de un líder no disuelve la estructura; la atomiza, generando células más violentas, menos predecibles y con una necesidad urgente de legitimación mediante el uso de la fuerza bruta.

La herencia del caos: de la jerarquía a la facción

El escenario actual presenta una mutación sociológica en el crimen organizado. El Cártel de Sinaloa, antaño una federación con códigos internos más o menos estables, se ha fracturado en unidades en guerra abierta. Por un lado, «La Chapiza», liderada por los hijos de Joaquín Guzmán Loera, apuesta por una comunicación estratégica agresiva y una demostración de poder paramilitar. Por otro, Ismael Zambada Sicairos («El Mayito Flaco») representa la continuidad de una estirpe que prioriza la discreción y el control territorial tradicional. Esta bicefalia no es una convivencia, es una colisión inminente por el control de las rutas de fentanilo y precursores químicos.

En el caso del Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), la posible ausencia del «Mencho» abre un vacío de poder que figuras como «El 03», «El Jardinero» o «El Sapo» buscarán llenar. Aquí la contradicción es evidente: para ser el nuevo jefe, es necesario demostrar mayor capacidad de fuego que el antecesor. Esta dinámica de «meritocracia criminal» basada en el terror asegura que la violencia no solo se mantenga, sino que se incremente como mecanismo de control interno y externo.

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La profesionalización del mando y la economía del terror

Un punto crítico que los análisis gubernamentales suelen omitir es la resiliencia de las estructuras financieras. El caso de Karem Lizbeth Yépez Ortiz («La Señora») en el Cártel de Santa Rosa de Lima es paradigmático. Mientras el aparato de seguridad se enfoca en los rostros que portan armas, la operatividad real reside en quienes gestionan el blanqueo de capitales y la logística en plazas estratégicas como Celaya. La detención de un líder operativo es un bache; la pérdida de un cerebro financiero es un golpe, pero incluso estos puestos son rápidamente relevados por una nueva generación de cuadros técnicos con formación en negocios y economía.

Juan Cisneros Treviño la «Sombra» en el Cártel del Noroeste y otros líderes emergentes no son simples pistoleros; son administradores de la violencia que entienden la debilidad de las instituciones locales. La captura de los grandes capos genera el fenómeno de la «hidra»: cortas una cabeza y surgen tres más pequeñas, pero más voraces. Estas nuevas células, al no tener la infraestructura de los grandes cárteles, recurren a delitos de alto impacto social —extorsión, secuestro y cobro de piso— para financiarse rápidamente, afectando de manera directa a la población civil y a la economía regional.

Conclusión: El espejismo de la detención

La pregunta sobre si la detención de los líderes disminuirá la violencia tiene una respuesta amarga desde la ciencia política: no mientras la demanda global persista y la impunidad interna sea la norma. La detención forzada de un jefe criminal provoca un reacomodo violento que el Estado mexicano no ha sabido contener. La violencia no es una anomalía del sistema criminal, es su lenguaje de negociación. Mientras la estrategia se limite a la captura de nombres mediáticos y no a la desarticulación de las redes de complicidad política y financiera, México seguirá atrapado en un ciclo infinito de sucesiones sangrientas. La paz no vendrá de una celda en Nueva York o en el Altiplano, sino de la recuperación del territorio por parte de un Estado que hoy parece ser solo un espectador del relevo generacional del narco.

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