En el panorama político mexicano de 2026, la declaración de Emilio Álvarez Icaza, promotor de Somos México, sobre que su organización no se adscribe ni a la izquierda ni a la derecha, sino a los derechos, resalta el agotamiento de las etiquetas ideológicas tradicionales. Esta postura, presentada en foros como El Financiero TV, busca posicionar a Somos México como una alternativa ciudadana ante el oficialismo de Morena. Sin embargo, genera interrogantes sobre su enfoque práctico en la gobernanza, especialmente al compararse con Morena, un partido conformado por exmilitantes de diversas corrientes que ha sido acusado de improvisación en su administración, con resultados que dividen opiniones.
Somos México, impulsado por figuras como Álvarez Icaza, Guadalupe Acosta Naranjo y exconsejeros electorales, surge del Frente Cívico Nacional y aspira a convertirse en partido nacional para las elecciones de 2027, con miras a 2030. Sus promotores argumentan que el rechazo a las dicotomías ideológicas responde a un hartazgo ciudadano por la polarización, priorizando temas como libertades, democracia y reforma electoral. En presentaciones públicas, enfatizan un «centro democrático» que defienda causas ciudadanas sin encasillamientos rígidos. Defensores ven en esto una innovación necesaria, alegando que las etiquetas izquierda-derecha han perdido relevancia en un contexto donde problemas como inseguridad y desigualdad trascienden ideologías. Críticos, en cambio, cuestionan su viabilidad: sin una base ideológica clara, ¿cómo definirán políticas concretas? Algunos analistas, citando reportes de SinEmbargo, sugieren vínculos con grupos evangélicos o derechas internacionales, lo que podría ocultar una agenda conservadora bajo un discurso neutral, avivando polémica sobre su autenticidad y potencial para dividir a la oposición.
La comparación con Morena intensifica el debate. Fundado por Andrés Manuel López Obrador, Morena integra exmilitantes del PRD (izquierda), PRI (centro) y PAN (derecha), reflejando un pragmatismo que prioriza el liderazgo carismático sobre la coherencia ideológica. Sus defensores destacan logros como la reducción de pobreza mediante programas sociales y una agenda transformadora que atiende causas históricas de desigualdad. Sin embargo, opositores critican una gobernanza improvisada: reformas como la judicial o electoral, impulsadas bajo Claudia Sheinbaum, han generado controversias por presuntos tintes autoritarios, según expertos como Alfredo Figueroa y Jacobo Dayán en análisis de YouTube. Resultados cuestionables incluyen acusaciones de centralización del poder, con un 74% de control legislativo pese a un 54% de votos en 2018, lo que indigna a sectores al percibir erosión democrática. Esta improvisación, argumentan críticos, ha derivado en conflictos sociales y económicos, como estancamientos en inversión, alimentando resentimiento ciudadano.
Distintas posturas emergen: oficialistas ven en Morena un movimiento inclusivo que supera etiquetas obsoletas, mientras detractores lo tildan de populista sin planes estructurados. Para Somos México, optimistas lo consideran un antídoto al desgaste, pero escépticos lo ven como oportunismo electoral. La polémica radica en si este post-ideologismo fortalece la democracia o la debilita al diluir responsabilidades claras. En un México polarizado, estos enfoques podrían reconfigurar alianzas, pero también exacerbar divisiones si no se traducen en estrategias funcionales. El desafío reside en equilibrar innovación con coherencia, evitando que la neutralidad ideológica derive en vacuidad política.


























