martes, febrero 17, 2026
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Sheinbaum: ¿Olvido o Ceguera Selectiva?

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¡Ay, nanita! En este circo político que es México, donde los escándalos brotan como hongos después de la lluvia, ahora resulta que la presidenta Claudia Sheinbaum anda con una memoria selectiva que ni el mejor mago de Las Vegas. Pregúntenle por las denuncias contra exfuncionarios cercanos al obradorismo, y la respuesta es un clásico: «No hay» o «No sé si se presentaron». ¿En serio, doctora? Con todo el respeto que merece su cargo, pero esto huele a tapadera de olla express.

Tomemos el caso de Marx Arriaga, el exjefe de los libros de texto en la SEP, ese que se atrincheró en su oficina como si fuera el Álamo cuando lo corrieron. Según reportes, acumula al menos 14 denuncias en la Secretaría Anticorrupción por presuntos «moches» –esos cobros indebidos que tanto se estilan en esos círculos–, presiones laborales y hasta extorsiones a subordinados. Él lo niega todo, claro, y acusa a la SEP de corrupción interna, pero los papeles están ahí, esperando que alguien los desempolve. Y ni hablar de su despido reciente, con policías desalojándolo mientras gritaba traición al estilo telenovela.

Ahora, pasemos al peso pesado: Adán Augusto López Hernández, el exsecretario de Gobernación y compadre del expresidente. Nada menos que 37 denuncias en la FGR por un presunto desfalco de unos 700 millones de pesos durante su tiempo como gobernador de Tabasco. Acusaciones de nepotismo, desvíos, huachicol fiscal y hasta nexos con el crimen organizado, presentadas por la panista María Elena Pérez-Jaén. ¿Y la Fiscalía? Muda como momia egipcia, siete meses de silencio absoluto, con riesgo de que prescriban los delitos. ¡Pura justicia express, al revés!

Pero lo chistoso –o trágico, según se mire– es el contraste con el antecesor, Andrés Manuel López Obrador, que en sus mañaneras juraba y perjuraba que el presidente «todo lo sabe». ¿Qué pasó con el cambio de sexenio? ¿Se evaporó el omnisciencia junto con el bastón de mando? Ahora, desde Palacio Nacional, las respuestas son evasivas, como si las mañaneras se hubieran convertido en un juego de «no veo, no oigo, no hablo». Con respeto al legado de AMLO, pero esto parece más un «sálvese quien pueda» que una transformación profunda.

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En fin, mientras la impunidad baila el jarabe tapatío, los mexicanos nos quedamos rascándonos la cabeza. ¿Será que el poder borra la memoria, o es que algunos pecados son más perdonables si visten de guinda? Ojalá pronto salga el sol en este enredo, porque si no, seguiremos en la misma novela de siempre: promesas arriba, carpetas abajo.

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