¡Ay nanita! Las fotografías personales con figuras públicas han adquirido un rol dual: por un lado, sirven como expresión de afinidad y estatus; por el otro, se convierten en evidencia potencial de asociaciones incómodas. Este fenómeno se ha intensificado en México con las recientes detenciones de militantes y exfuncionarios del partido Morena, lo que ha desencadenado una oleada de revisiones en álbumes digitales y borrados masivos de imágenes. Militantes y propagandistas del partido en el poder enfrentan ahora un dilema ético y práctico, donde las selfies con personajes hoy procesados por corrupción o delitos graves generan acusaciones de complicidad implícita.
Desde una perspectiva crítica, este comportamiento revela la fragilidad de las lealtades políticas en un contexto de escrutinio público constante. Los defensores de Morena argumentan que estas fotos no implican conocimiento previo de irregularidades, sino meras interacciones partidistas o sociales. Por ejemplo, imágenes con exgobernadores o dirigentes detenidos se presentan como recuerdos inocuos de campañas o eventos, y borrarlas sería ceder ante presiones opositoras. Sin embargo, críticos opositores, como voces del PAN o PRI, ven en estos actos una admisión tácita de responsabilidad compartida, cuestionando la integridad del partido y sugiriendo una cultura de impunidad que permea sus filas. Analistas independientes destacan cómo este pánico digital expone la hipocresía inherente: quienes antes presumían asociaciones para ganar visibilidad ahora las ocultan para preservar su reputación.

La polémica se amplifica al considerar el impacto en la percepción pública. En un país donde la corrupción es un tema sensible, estas fotos no solo personalizan las detenciones, sino que invitan a debates sobre la responsabilidad colectiva en estructuras partidistas. ¿Representan estas imágenes una red de complicidades, o son solo vestigios de un narcisismo social común? Posturas progresistas dentro de Morena abogan por mayor transparencia, proponiendo que los militantes asuman públicamente sus asociaciones pasadas en lugar de eliminar evidencia, lo que podría fortalecer la rendición de cuentas. En contraste, sectores conservadores utilizan estos episodios para deslegitimar al gobierno, argumentando que el borrado de fotos equivale a encubrimiento y erosiona la confianza en las instituciones.

Otro ángulo controvertido surge de la psicología social: el «efecto pánico» entre propagandistas, quienes, al defender fervientemente a figuras ahora caídas, enfrentan backlash en redes. Esto genera divisiones internas, con algunos militantes optando por el silencio digital para evitar linchamientos virtuales, mientras otros contraatacan acusando a la oposición de oportunismo. En términos analíticos, este patrón no es exclusivo de Morena; precedentes en otros partidos muestran similares reacciones, pero la escala actual, vinculada a un partido dominante, magnifica su relevancia.
En resumen, las fotos comprometedoras ilustran cómo las redes sociales transforman lo personal en político, forzando a los actores a navegar entre lealtad y autopreservación. Este episodio invita a reflexionar sobre la necesidad de protocolos éticos en la militancia, sin que ello resuelva las tensiones inherentes a un sistema donde la imagen pública es tanto activo como vulnerabilidad. La próxima vez, cuide con quienes se toma fotos o mejor aún, no se las tome.





































