La defensa reiterada de Cuba por parte tanto del expresidente Andrés Manuel López Obrador y su sucesora, Claudia Sheinbaum, ha generado creciente controversia en el ámbito político y diplomático. Ambos líderes han expresado públicamente su respaldo al gobierno cubano, incluso en momentos de crisis humanitaria o represión social, lo que ha llevado a cuestionamientos sobre las motivaciones detrás de esta postura: ¿se trata de una lealtad histórica, de afinidad ideológica o de una estrategia geopolítica?
México y Cuba comparten una relación histórica compleja. Desde la Revolución cubana de 1959, México se distinguió por no romper relaciones diplomáticas con La Habana, a diferencia de muchos países de la región bajo presión estadounidense. Esta postura se consolidó como parte de la doctrina de no intervención y autodeterminación de los pueblos, pilares tradicionales de la política exterior mexicana. Sin embargo, en las últimas décadas, especialmente bajo gobiernos de Morena, esa relación ha adquirido un tono más ideológico.
López Obrador elogió en múltiples ocasiones la “resistencia” del pueblo cubano frente al embargo estadounidense, minimizando o ignorando las críticas internacionales al régimen de partido único que gobierna la isla desde hace más de seis décadas. Sheinbaum, por su parte, ha reafirmado esta postura, destacando los logros en salud y educación del modelo cubano, sin abordar de manera crítica la falta de libertades políticas, la represión a disidentes o la profunda crisis económica que ha provocado una ola migratoria sin precedentes.
Esta postura ha generado fuertes reacciones. Sectores de la oposición, organizaciones de derechos humanos y analistas independientes acusan al gobierno mexicano de aplicar un doble rasero: mientras critica autoritarismos en otras latitudes, guarda silencio o justifica el sistema cubano. Algunos argumentan que esta actitud responde a una nostalgia ideológica por los movimientos de izquierda del siglo XX, priorizando la simbología revolucionaria sobre los derechos humanos contemporáneos.
En contraste, voces cercanas al oficialismo defienden la postura como coherente con los principios de soberanía y no injerencia. Afirman que juzgar a Cuba sin considerar el impacto del supuesto y tan utilizado argumento del embargo estadounidense es sesgado, y que el apoyo a La Habana forma parte de una visión latinoamericanista que busca contrapesar la hegemonía de Estados Unidos en la región. Además, señalan que México ha mantenido una relación equilibrada, brindando ayuda humanitaria en momentos críticos —como durante la pandemia— sin condicionarla a reformas políticas.
No obstante, la polémica se intensifica cuando se contrasta esta postura con la realidad cubana actual: escasez crónica de alimentos y medicinas, apagones prolongados, una economía estancada y una diáspora masiva que supera el millón de personas en los últimos años. Muchos ciudadanos cubanos, incluidos jóvenes y profesionales, ven con escepticismo el respaldo de gobiernos extranjeros que ignoran sus demandas de libertad y dignidad.
El debate trasciende lo diplomático y toca fibras profundas en la identidad política mexicana. ¿Debe la política exterior basarse en valores universales o en alianzas ideológicas? ¿Hasta qué punto la solidaridad histórica justifica el silencio ante regímenes autoritarios? Estas preguntas cobran especial relevancia en un contexto global donde las democracias enfrentan desafíos crecientes y donde la coherencia en materia de derechos humanos se convierte en un termómetro de credibilidad internacional.






































