
Su mayor orgullo fue, seguramente, la colección de enfrentamientos con el poder presidencial. Si la historia política de México puede contarse como una biografía del poder como ha mostrado Krauze, también podría encontrársele sentido como una biografía de su sombra: el periodista vigilante al que nunca deslumbró el palacio. Scherer, el antagonista. La historia de lo inmediato también cobra sentido en su tenaz desconfianza, en su firme escepticismo. Tras entrevistar a Díaz Ordaz, meses después del 2 de octubre del 68, el Presidente se despide con una pregunta. "Sólo una pregunta", le dice. "¿Continuará en su actitud que tanto lesiona a México? ¿Continuará en su línea de traición a las instituciones, al país?". El México que considera el patriotismo como lealtad al Presidente (o al caudillo del momento) tachará siempre de traidor al crítico. El preguntón es ya un sospechoso porque se atreve a dudar de la palabra oficial. El servilismo ha tatuado el vínculo entre el poder y los medios. El palacio embruja a quien habita y a quien lo frecuenta. A pesar de los muchos cambios en las décadas recientes, ésa no esa una marca del pasado. Los periodistas, dijo Scherer hace casi treinta años, son invitados ocasionalmente a conversar con el Presidente para escucharlo, no para cuestionarlo. No podemos decir que, en ese terreno, las cosas hayan cambiado, ni siquiera un poquito. El acceso al Presidente ha vuelto a quedar restringido a quienes puedan, lealmente, escucharlo sin confrontarlo. Díganos, Señorpresidente, ¿qué se siente ser tan exitoso como usted?
Todo periodismo auténtico fastidia. Si a nadie molesta, el hallazgo informativo no corresponde a las páginas de un periódico -a menos de que sean las del aviso oportuno. Alguien dijo precisamente que el periodismo es la publicación de lo que alguien, el algún lugar, quisiera silenciar. Si el periodismo no molesta a alguien es, en realidad, publicidad. Incómodo como ninguno, el periodismo de Scherer le mostró a México lo que, durante muchos años no se podía ver, más que en el periodismo de Scherer. El verdadero órgano de oposición de México fue, durante largo tiempo, su revista.
La vehemencia es origen de sus hallazgos literarios y también, creo que hay que decirlo, de sus tropiezos periodísticos. Adjetivos letales, anécdotas devastadoras, preguntas punzantes; el escarnio a través del retrato. La pasión lo impulsaba a ir más allá de lo convencional y a defender la dignidad de su labor pública pero lo despeñó también cuando sus entusiasmos y aversiones le hicieron extraviar su sentido crítico y olvidar las exigencias del oficio. No sé si fundó realmente, como lo proclaman los periodistas que tanto la admiraron, un periodismo moderno en México. Pueden decirse muchas cosas de la revista Proceso además de decir que es una publicación indispensable, pero difícilmente podríamos decir que se trata de un semanario moderno, que el periodismo de sus páginas es profesionalmente ejemplar. Hace tiempo que la escuela dejó de estar ahí. Scherer construyó, eso sí, un periodismo independiente, crítico, íntegro. Distancia del poder, cuestionamiento severo de sus usos, entereza moral: tres marcas escasas en el periodismo mexicano pero insuficientes para fundar eso que podríamos llamar periodismo moderno. Queda, desde luego, el modelo de su exigencia pública. El periodismo apasionado de Scherer quedará como uno de los paréntesis cívicos en el México corrupto, arbitrario y brutal.