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Vientos autoritarios

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Ninguna región del mundo se encuentra exenta de los riesgos del regreso autoritario como forma de gobierno. 

En un número importante de contiendas presidenciales y parlamentarias, los sistemas democráticos han estado a prueba por la creciente tracción electoral que ganan los movimientos dispuestos a ganar votos a partir de la polarización y la demagogia, muchos de corte nacionalista, los cuales son exitosos en transformar en votos el descontento social ante el tibio desempeño de la economía, la desigualdad del ingreso, las limitantes de la seguridad social o el proceso de integración global, así sus propuestas de política pública sólo tengan como camino seguro, el retroceso en la calidad de vida de la población. Por ello, la democracia se ha convertido en un bien a tutelar y su futuro dependerá del grado de fortaleza institucional, que permita aminorar los efectos negativos de los movimientos antes referidos, a partir de la contención generada por los sistemas legales de pesos y contrapesos.

El referéndum realizado en Turquía es un buen ejemplo de las amenazas a las instituciones democráticas. El pasado fin de semana los electores turcos avalaron, por estrecho margen, casi una veintena de reformas constitucionales. La jornada hubiera sido un ejercicio cívico saludable, si fuese convocada con un fin distinto a ampliar de manera desmedida, la concentración de poderes legales en su presidente, Recep Tayyip Erdogan. De formalizarse el sentido de los primeros conteos del referéndum, el régimen turco transitaría de parlamentario a presidencial, quedando Erdogan como jefe de Estado y de gobierno (hasta ahora sólo ejerce las responsabilidades vinculadas al primero), con libertades para gobernar a través de decretos, declarar situaciones de emergencia antes de ser avaladas por el parlamento, nombrar vicepresidentes y ministros, así como designar a casi la mitad de los funcionarios que controlan los nombramientos al interior del sistema judicial. Todo ello es el sometimiento de poderes independientes a la voluntad del Ejecutivo. Además, en el marco de las reformas constitucionales, Erdogan estaría facultado para presidir el sistema político de Turquía hasta 2029.

Por otro lado, la celebración de la primera vuelta electoral de este domingo en Francia puede ser el primer paso para que los votantes lleven la conducción del sistema político hacia el extremo, sea de derecha o de izquierda. En la recta final de esta fase, dos han sido las plataformas con momentum en la opinión pública: el movimiento de extrema izquierda conocido como Francia Insumisa, liderado por Jean-Luc Mélenchon. Político trotskista, señalado de proponer programas públicos inviables, pero cuya demagogia encuentra apoyo entre quienes se sienten desplazados de los beneficios económicos. Mélenchon ha expresado sus afinidades con Fidel Castro y la república bolivariana de Hugo Chávez, la misma que esta semana despliega al Ejército de Venezuela en las calles con el fin de amedrentar la protesta ciudadana pacífica, convocada por la oposición democrática para el día de mañana. Al otro extremo del espectro se encuentra la candidatura presidencial de Marine Le Pen, dirigente del partido de ultraderecha Frente Nacional, la cual plantea someter a referéndum la pertenencia de Francia a la Unión Europea, además de revisar la política migratoria para privilegiar a los nacionales en el acceso a empleo y servicios sociales, frente a los extranjeros. Al ser un sistema electoral de dos vueltas, los incentivos políticos suelen orientarse a la elección de una alternativa moderada, sin embargo, dado el crecimiento de Francia Insumisa y Frente Nacional, cabe la posibilidad de verlos competir a ellos solos en la segunda vuelta del 7 de mayo.

La tendencia autoritaria está en Francia y Turquía, al igual que en EU, donde el presidente Trump ha intentado endurecer la política norteamericana a partir de la emisión de acciones ejecutivas, o en varios países de la región latinoamericana que perpetúan a su clase gobernante a partir de prácticas corporativistas. La democracia encuentra terreno adverso en este periodo del siglo XXI y su viabilidad dependerá de las resistencias ofrecidas por los sistemas institucionales ante las intentonas autoritarias, pero, sobre todo, de incorporar a amplios segmentos de las sociedades a las rutas del desarrollo.