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La reforma a Naciones Unidas, la única vía posible

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La comunidad internacional enfrenta retos complejos para la paz y la prosperidad de la humanidad, quizá no observados desde hace décadas.

Al catálogo de las amenazas globales derivadas del cambio climático, el desempeño económico insuficiente, el crimen organizado trasnacional y la persistencia de amplios cinturones de pobreza alrededor del mundo, en años recientes se suman los efectos negativos de las organizaciones terroristas, las actividades nucleares con fines bélicos, así como los desplazamientos humanos producidos por inestabilidad gubernamental o extremismo ideológico. Amenazas propias del siglo XXI que sólo podrán ser resueltas mediante una efectiva corresponsabilidad.

En la debida articulación de esa corresponsabilidad de actores globales, que en más de las ocasiones sostienen motivaciones e intereses encontrados entre sí, el sistema multilateral resulta fundamental para poder identificar los incentivos adecuados que permitan transitar, mediante rutas críticas bien definidas, hacia el cumplimiento de metas directamente vinculadas con el nivel de la cooperación alcanzada en materia de seguridad, desarrollo y migración. Sin embargo, mientras las amenazas escalan y la construcción de consensos entre países se dificulta, la ONU ha quedado a deber en esta importante tarea.

La ONU se compone, en su gran mayoría, por un cuerpo diplomático y técnico comprometido con la misión del organismo internacional. Sus trabajos ayudan a validar o mejorar la toma de decisiones de los gobiernos, a partir de análisis como los índices de desarrollo humano, o bien, a velar por la integridad de poblaciones en riesgo, a partir del despliegue de las operaciones del mantenimiento de la paz, pero es su evolución institucional la que ha impedido alcanzar el potencial estratégico que tienen los recursos a su alcance.

Hoy, el Sistema de Naciones Unidas está caracterizado por una labor fragmentada de sus agencias, renuentes a eslabonar capacidades para ejecutar acciones integrales en favor del país donde se encuentran representadas, muchas veces tendientes a la duplicación de esfuerzos, así como obligadas a competir por recursos financieros entre sí para dar viabilidad a sus respectivas agendas de trabajo. Además, en la misma lógica de la corresponsabilidad necesaria entre gobiernos para hacer frente a desafíos comunes, las oficinas-país de las mismas agencias han fallado en integrar temáticas nacionales que tomen en consideración la promoción de acciones regionales integradas para escalar su impacto.

Por eso debe reconocerse que, en el marco de la semana de alto nivel de la 72a Asamblea General de la ONU, su secretario general, António Guterres, haya reiterado su compromiso para promover dos elementos determinantes para el adecuado funcionamiento del foro multilateral: por un lado, una reforma de fondo a su estructura organizativa y, por el otro, una estrategia que dé un mejor cauce al financiamiento global para el desarrollo sostenible, que como se recordará, es la agenda con la cual en el año 2030, se busca la erradicación de los obstáculos que impiden concretar el bienestar de las personas.

Del lado de la reforma, el secretario Guterres persigue un rediseño que concrete una organización “más enfocada en la gente y menos en los procesos, más en los resultados y menos en la burocracia”. Para conseguirla, deberá no sólo convencer a los países miembro sobre la pertinencia de los nuevos diseños institucionales que faciliten tales fines, sino a los propios grupos de intereses al interior de las agencias, quienes deberán ceder espacios de poder, capacidad técnica de trabajo o recursos de sus programas a fin de darle un empuje a la eficiencia de Naciones Unidas.

En cuanto al financiamiento, el secretario general de la ONU subrayó la importancia de reorientar el destino de recursos improductivos a la consecución de las metas de la agenda 2030. Para ello ofreció reformar el sistema de desarrollo de la organización para fortalecer los equipos ubicados en las oficinas-país de Naciones Unidas, así como empatar las políticas económicas y financieras con los diecisiete objetivos del desarrollo sostenible.

Esta semana participarán decenas de mandatarios en el segmento de alto nivel de las Naciones Unidas. Será una extraordinaria coyuntura para impulsar los consensos necesarios, que lleven a la consolidación de una organización acorde con la solución de las amenazas a la prosperidad de la humanidad. Por lo pronto, el secretario Guterres logró ya tener sentado a la mesa al presidente de EU, expresando su deseo de reforma y a su representante diplomática, llamando al consenso de todos los países. El camino no será fácil, pero esperemos esta sea la primera señal de una transformación exitosa para la ONU.