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El PAN, a contrarreloj

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El Partido Acción Nacional está en cuenta regresiva. Le quedan apenas unas cuantas semanas para construir los cimientos de una candidatura sólida, de cara al proceso electoral presidencial de 2018

En este espacio editorial se dijo hace tiempo: será difícil presentar una propuesta atractiva a la sociedad, respaldada por toda la fuerza del músculo democrático de la militancia panista, si la dirigencia nacional demora la vigencia de condiciones equitativas entre sus aspirantes más competitivos, así como la certidumbre de un proceso donde el PAN se abra a la opinión ciudadana. Ese tiempo ha transcurrido sin un cambio de actitud dentro de la toma de decisiones del partido, lo que pone obstáculos al surgimiento de la mística panista necesaria para ganar elecciones.

Nunca antes en contextos donde el PAN tuvo posibilidades de triunfo, un dirigente nacional utilizó los recursos disponibles del partido para fines de un proyecto político personal, con el objetivo de convertirse en el propio abanderado a la presidencia. En estas coyunturas, quizá, los jefes nacionales no eran del todo neutrales y, tampoco, tenían por qué asumirse así. Pero además de serles impensable el disputar el banderín, cuidaron los límites mínimos de la equidad en la cancha donde se seleccionaba la candidatura federal azul más importante de nuestro sistema político. Incluso, el PAN fue abriendo sus definiciones a ejercicios internos de voto cada vez de mayor amplitud, lo cual acotó tanto posibles preferencias de dirigentes de un liderazgo panista sobre otro como la influencia del peso de la estructura del partido en la lista final de candidaturas, dando con ello el lugar privilegiado que corresponde a la militancia en la conformación de un proyecto electoral consistente desde la base hasta sus legítimos liderazgos. El PAN fue así el único partido que hasta hace poco avanzó en la dirección correcta: permitiendo que la militancia mandara sobre el partido. Los mexicanos exigen el paso restante y el PAN debe terminar con el ciclo de apertura si desea ser exitoso en la coyuntura de cambio exigido por millones. Esto es, con todas sus letras, elegir a su candidato presidencial con voto abierto a los ciudadanos.

A pesar de ser un elemento esencial para toda victoria electoral, la equidad en la contienda interna no está entre las prioridades de la actual dirigencia nacional. El caso más ilustrativo refiere al uso personal que Ricardo Anaya le ha dado al contenido de los tiempos oficiales de publicidad en medios electrónicos. Ello motivó la crítica de diversos segmentos al interior del partido. Como respuesta, en noviembre de 2016 Anaya ofreció a los aspirantes inclusividad en la difusión de mensajes, sin embargo, fue hasta casi diez meses después cuando su oficina mandó un guión al que debía sujetarse el resto de los precandidatos, donde el rol protagónico quedaba en el propio Ricardo y a tan sólo unos días de la entrada en vigor de los lineamientos del INE, los cuales prohíben la aparición de aspirantes presidenciales en dichos spots. Bajo el ofrecimiento tardío de Anaya, le fue intransitable a dos de los tres precandidatos con más reconocimiento público, el legitimarle los dos millones de spots en los que durante esos largos meses pudo transmitir su imagen. Anaya acabó apelando al clásico: “háganse los spots en las mulas de mi compadre”.

Ese tipo de decisiones debilitan al PAN porque le hacen carecer de un posicionamiento mediático efectivo, a partir de la exposición de lo mejor de su capital para atraer al mayor número de votantes a su causa, pero, sobre todo, porque alimenta la percepción de crear una selección de candidatura a modo, basado en una elección interna dominada por un proceso de reafiliación desordenado y poco transparente. Para ilustrarlo, está el caso de Guanajuato que concluyó esos trabajos en enero, pero hasta la fecha no se tiene conocimiento público de la lista definitiva. O las prórrogas observadas en un número importante de entidades dada la falta de afluencia de la militancia ante los órganos del PAN. Si los tiempos oficiales se hubieran destinado a promover la reafiliación y la transparencia, quizá hoy contaríamos con un padrón que despertase la confianza del más escéptico panista.

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La dirigencia no debe caer en la tentación de tratar de imponer un proceso de arriba hacia abajo, contrario a la tradición del PAN de ser un partido receptivo con las exigencias de los ciudadanos, que hoy piden mayores espacios de participación e influencia en sus definiciones internas. En ese sentido, corregir el rumbo del partido empieza por recuperar el rol histórico de un jefe nacional panista. Atrás deben quedar los criterios que dominaron el tema de los spots, pero también el manejo de tiempos a discreción de las reuniones y discusiones del partido; la dependencia del posicionamiento público del PAN en temas relevantes de la coyuntura nacional, conforme a los objetivos de la estrategia de un proyecto personal, así como la premura de cantar victorias electorales en vez de acompañar las campañas desde su arranque para garantizarlas. La dirigencia actual corre el riesgo de llevar al partido por el camino que sustenta hoy el descontento de millones: la toma de decisiones desde la óptica del escritorio sin consideración de los ciudadanos.

Acción Nacional no puede dejar pasar la oportunidad de distinguirse democráticamente de sus dos adversarios más competitivos. Del PRI que, seguramente, tendrá un candidato por designación; así como Morenal cuyo ideario partidista se reduce, en perfiles autoritarios, a ser el comité de campaña de López Obrador, su dirigente nacional. El PAN debe escapar a la lógica de las estructuras cerradas, cuando la gente pide lo contrario: esquemas novedosos, abiertos e inclusivos como punto de origen del cambio de rumbo que requiere el país.