Diez millones

Por la corresponsabilidad, contra el aislacionismo

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La primera gira al exterior del presidente Donald Trump fue una extensión de dolores de cabeza para el mandatario estadunidense. 

La estrechez en el margen de maniobra que sufre —para bien— en política interna, se extendió de manera natural a la agenda bilateral y multilateral desarrollada a lo largo de su ruta de trabajo internacional por Oriente Medio y Europa. La causa común de animadversión al modelo Trump parece explicarse de manera sencilla: los retos enfrentados por un país, así sean aquéllos vinculados a la primera potencia mundial, no tienen posibilidad de solucionarse sólo a partir de la vieja política de imposición de un Estado sobre otro. Los manotazos en la mesa, más aún entre aliados económicos, políticos o militares, carecen de utilidad alguna en el avance de los objetivos nacionales. Mitigar con efectividad las amenazas prevalecientes en el siglo XXI, la cuales van desde la lucha contra el terrorismo hasta el cambio climático, pasa por políticas de corresponsabilidad de los gobiernos, fincadas sobre la más elemental muestra de apertura, concertación y respeto de quienes los encabezan.

La última reunión del Grupo de los Siete (G7) le demostró a Donald Trump que ese bloque va unido en oposición al aislacionismo, así se trate de uno impulsado por Estados Unidos. En el marco del encuentro sostenido en Italia, los dirigentes políticos de las economías más avanzadas del mundo acordaron la adopción de una extensa declaración contraria a los postulados promovidos por el Presidente estadunidense. En la declaración conjunta prevalecen conceptos y criterios de política pública que no sólo reducen el área de influencia global de los criterios idóneos de la administración Trump, sino que inclusive pudieran generar mayor daño a la reputación de Estados Unidos entre sus aliados estratégicos, especialmente los europeos. Daño en la reputación que ha tenido impactos negativos constantes en fechas recientes, entre los cuales destacan, por ejemplo, las conversaciones de Donald Trump y funcionarios de Rusia en torno a información de inteligencia —cabe recordar aquí el agravante de su expulsión del G8 tras la anexión de Crimea a la Federación Rusa—, así como también la filtración a la prensa estadunidense de datos confidenciales del ataque terrorista ocurrido al final de un concierto en Manchester, los cuales fueron en un inicio aportados por autoridades británicas a sus contrapartes estadunidenses.

La declaración conjunta del Grupo de los Siete da realce a la acción multilateral para la resolución de conflictos. En ella, como botón de muestra, los países más desarrollados del orbe establecen como canal de salida a la crisis vivida en Siria, la acción de Naciones Unidas para que ésta instrumente una ruta de transición conforme a las resoluciones alcanzadas en el seno de su Consejo de Seguridad. Organización internacional que hasta ahora para el presidente Trump goza de plena descalificación al ser, desde su punto de vista, un simple club de personas donde se la pasan bien. De manera indirecta, la declaratoria del G7 pone en su justa dimensión las amenazas de la representante de Estados Unidos ante la ONU, Nikki Haley, quien en algún momento amenazó a ese foro multilateral con recortes a las políticas no ajustadas con la voluntad estadunidense y a los países que en las discusiones al interior, mostraran oposición a los dictados de Washington. Los líderes políticos del G7 asignan el mismo valor a Naciones Unidas en la resolución de los riesgos a la paz derivados de los respectivos fenómenos de inestabilidad observados en Libia y Corea del Norte.

En materia ambiental, a la espera de una posible rectificación por parte de Donald Trump respecto del cumplimiento del Acuerdo de París, los jefes de gobierno de Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón y el Reino Unido, además de los presidentes del Consejo y de la Comisión Europea, dejaron en el monólogo a Estados Unidos al reafirmar los compromisos alcanzados en la lucha global contra el cambio climático. En paralelo a las resoluciones de las economías más avanzadas, Alemania y Francia se muestran dispuestos a un viraje en la política europea, donde cada vez se dependa menos del liderazgo de EU para mantener el orden mundial. Quizá éste sea el ingrediente final que muestre a Donald Trump la lección de que no hay futuro político sin corresponsabilidad.