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México debe mirar al sur

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En cuanto el presidente Donald Trump instruyó el inicio de la construcción del muro en la frontera con México, el presidente de Bolivia, Evo Morales, llamó a México a mirar al sur y a “… construir juntos unidad en base a nuestra identidad latinoamericana y caribeña”.

Unos días después la canciller argentina Susana Malcorra al responder por qué América Latina no se pronunciaba más enérgicamente sobre las políticas de Trump hacia México, dijo: “Uno tiene que hacer las cosas en función de lo que sus socios le pidan que haga. México está teniendo diálogo con EU. Están intentando abrir conversaciones. Mientras tanto nos han pedido que estemos atentos, pero con prudencia...”.

“Prudencia” es la actitud que nuestro gobierno asumió durante los largos meses de la precampaña y la campaña electoral en Estados Unidos. “Prudencia” fue la palabra que repitieron una y otra vez frente a quienes pedían siquiera un pronunciamiento de defensa ante las incontables amenazas e insultos que Trump nos profesó. La prudencia puede ser una virtud siempre que no se confunda con inacción.

Sin embargo, por aquella “prudencia” y quizás por no creer que aun si Trump llegaba a la Casa Blanca cumpliría sus promesas de campaña, perdimos meses valiosos que pudimos haber usado para iniciar las acciones que ante la materialización de las amenazas, apenas se han definido por el gobierno, tales como el fortalecimiento de la red consular y de las acciones para la protección de los mexicanos en Estados Unidos; una campaña de sensibilización con actores norteamericanos clave como empresarios, autoridades locales y legisladores sobre la importancia de la relación con México; la diversificación de relaciones comerciales y políticas de nuestro país empezando por nuestra propia región y con Asia, y un mayor aprovechamiento de nuestra participación en los organismos internacionales para estos mismos fines.

Durante décadas México puso todos los huevos en una sola canasta: apostó todo a la integración con Estados Unidos y Canadá, lo cual fue una buena idea que nos trajo beneficios, pero que también nos distanció del resto de América Latina y el Caribe. Nuestra incorporación a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos y nuestra salida (en mi opinión, innecesaria) del llamado Grupo de los 77, el grupo de países en vías de desarrollo cuya membresía actualmente es de más de 130 naciones, materializó la aspiración de México de ser parte del mundo desarrollado, lo cual fue interpretado como una vuelta de espalda a nuestros vecinos y aliados históricos.

Sin embargo, seguimos siendo latinoamericanos y aunque los embajadores de los países de la región, además de Luis Almagro, el secretario general de la Organización de Estados Americanos, públicamente nos han tendido la mano, la ausencia del presidente Enrique Peña Nieto en la reciente reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños representó la pérdida de una valiosa oportunidad para haber aparecido respaldado frente a Trump y sus políticas.

Por otro lado, a finales de febrero sesionará el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, ocasión en la que México podría promover una resolución a favor de los derechos de los migrantes en Estados Unidos. Ese tipo de apoyos nos pondría en una posición de mayor fuerza, por ejemplo, de cara a la visita en próximos días del secretario de Estado de EU, Rex Tillerson, a nuestro país y en el contexto de las negociaciones sobre el Tratado de Libre Comercio.

Es momento de dejar la prudencia y de empezar verdaderamente a construir y fortalecer las relaciones tanto políticas como comerciales que México necesita con urgencia.