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Gasolinazo, crisis y enanez política

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La gente está furiosa porque a nadie nos gusta que nos suban el precio de las cosas, pero sobre todo por la enanez política que ha mostrado el gobierno o, mejor dicho, los gobernantes en general ante la difícil situación económica que, desde los primeros días del año, el pueblo está enfrentando. Con el dólar en máximos históricos, a más de 21 pesos, y ante el aumento del precio de los combustibles, el mensaje del gobierno ha sido en resumen: No hay de otra, háganle como puedan y que Dios los auxilie.

Esto, en un ambiente de pesimismo ante los otros aumentos ya anunciados y con el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, amenazando a empresas para que dejen de invertir en México e insistiendo en que se renegociará el TLC y en que pagaremos por el muro.

¿Qué es lo que esperan los ciudadanos de sus dirigentes en situaciones de crisis? Liderazgo, dirección, arrojo, congruencia y compromiso. La percepción, sin embargo, es que mientras el barco está a la deriva, los oficiales están en pleno festín terminando con las viandas antes del hundimiento.

Gustavo de Hoyos, presidente de la Coparmex, lo expresó así: “El gobierno mexicano ha pedido a la sociedad ser más comprensiva, pero ¿en qué momento el gobierno será comprensivo con la situación que están atravesando los mexicanos? ¿En qué momento veremos anuncios del gobierno sobre planes de austeridad en el gasto, de disminución del gasto corriente, de compromisos con la eficiencia, de la eliminación de gastos superfluos, de disminución de los privilegios para los servidores públicos, de castigo directo y severo a la corrupción?”.

En uno de sus muy conocidos discursos, Winston Churchill, durante la Segunda Guerra Mundial y ante los meses de dificultades y sufrimiento para el pueblo británico que vendrían, dijo en el Parlamento: “No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Claramente ésa es la actitud que espera la gente de sus gobernantes. Pero hay que reconocer que cuando se trata del gobierno no sólo hablamos del Presidente de la República y de los funcionarios que dependen de él sino de todos quienes tenemos alguna responsabilidad pública.

El Presidente de la República y su equipo son quienes tienen la principal responsabilidad y sin duda han cometido un sinnúmero de equivocaciones, pero también hay un Congreso que aun cuando ha cumplido en términos de aprobar las reformas que se necesitaban desde hace al menos 20 años, se ha quedado corto en el ejercicio de sus funciones de control al Ejecutivo y, sobre todo, en su obligación de representación popular. Hay un abismo entre legisladores y ciudadanos que urge cerrar porque es la misma democracia la que está en juego.

Ya ni hablamos del Poder Judicial, cuyas remuneraciones son las más altas del país mientras que son los que menos rinden cuentas. Los órganos autónomos como el INE y el Inai, que no dependen más que de los ciudadanos, también deben poner de su parte.

El Congreso es el que más capacidad tiene para recomponer la relación entre ciudadanos y gobernantes, porque puede establecer la eliminación de los abusos y privilegios de la clase política eliminando, por ejemplo, el fuero que impide que los funcionarios que cometen un delito sean castigados; prohibiendo los gastos superfluos como la propaganda gubernamental, y aprobando la ley que fije topes a las remuneraciones de los servidores públicos cuya iniciativa presentaré esta semana.

No le quito responsabilidad al gobierno federal, que es el principal causante del desastre en el país, pero precisamente por su ineficacia, insensibilidad y corrupción el Congreso debe ofrecer compromiso, coherencia, esfuerzo y sudor. Estemos a la altura del momento y de lo que México necesita y merece.