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El México que despertó

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Una característica de las sociedades donde hay mayor control sobre el gobierno es precisamente que la participación ciudadana se construye y mantiene a través de políticas públicas, porque el propio Estado reconoce su utilidad y valor

Los sismos de septiembre nos movieron en muchos sentidos. La organización, solidaridad, generosidad e inventiva de los mexicanos despertó y afloró de nuevo lo mejor de nosotros, esos que son rasgos característicos nuestros, pero que por un tiempo parecieron ceder ante la apatía, el conformismo y la desesperanza.

Como ya muchos han dicho, ese México que despertó es el México que necesitamos persista para deshacernos, de una vez, de los lastres que nos mantienen en muchos ámbitos como el de la educación, la salud o la economía, a la mitad de la carrera, en franca mediocridad. En otros temas, como el del desarrollo urbano, las compras y obras públicas, seguimos tratando de avanzar con verdaderas lápidas a cuestas como la de la corrupción que una y otra vez nos muestra, como en el caso del socavón y de la escuela Enrique Rébsamen, que ésta no sólo se queda en un robo a la gente, sino que literalmente, mata.

Un dato ilustrativo es el que nos da el más reciente Índice de Desarrollo Humano 2016 del Programa de las Naciones Unidas que ubicó a México en el lugar 77 de 188 países, 17 lugares debajo de la mitad de la lista. Y aunque se ha dicho cientos de veces, este es un buen momento para recordar que el cambio de fondo, el desarrollo que todos quisiéramos alcanzar, sólo puede generarse desde la sociedad. ¿Cómo? Informándose, organizándose, comprometiéndose y participando.

No se trata de que los ciudadanos asuman las funciones del gobierno, sino de tener mejores gobiernos gracias a la acción de mejores ciudadanos. La construcción del Sistema Nacional Anticorrupción, de manera particular la llamada Ley 3de3, así como la mejora de los  mecanismos de acceso a la información pública y transparencia, y  más recientemente el dar marcha atrás al pase automático del procurador general de la República a Fiscal General, se deben en gran medida a la participación de la sociedad civil.

Por supuesto, también obligar a los partidos a responder sobre el enorme presupuesto que reciben tanto éstos como el INE, y forzar una discusión sobre el sistema electoral y de partidos, la representación en las cámaras y el modelo de campañas que recurrentemente era evadida por la clase política. Este debate no puede volver a omitirse una vez pasada la emergencia que la sacó de los escombros, sino que debe seguir su cause y ser como en los casos arriba mencionados, la sociedad civil quien participe activamente para ayudar a construir un nuevo modelo austero sí, pero sobre todo que salvaguarde los principios de la democracia como el valor de la pluralidad política y que nos ayude a transitar de una democracia meramente electoral a una democracia efectiva para los ciudadanos.

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México es uno de los países con menor número de organizaciones de la sociedad civil en la región. Según el informe Reformas legislativas para mejorar la organización de los ciudadanos del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados, “Estados Unidos tiene 50 veces más organizaciones que México, cuando su PIB per cápita es sólo cinco veces mayor. Inclusive, países como Brasil o Chile con PIB per cápita muy cercanos a México tienen 10 y cuatro veces más organizaciones que México. Destaca Colombia con un PIB per cápita más bajo y seis veces más organizaciones que México”.

Una característica de las sociedades donde hay mayor control sobre el gobierno es precisamente que la participación ciudadana no surge solamente en momentos de crisis sino que es permanente y que se construye y mantiene a través de políticas públicas porque el propio Estado reconoce su utilidad y valor. La agenda de participación ciudadana debe retomarse pronto para aprovechar este despertar que de entre todo lo malo que nos dejó el sismo, es algo positivo.