No a las armas nucleares

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Desde las primeras detonaciones en Hiroshima y Nagasaki, equivalentes a 20 mil toneladas de TNT que mataron a más de 200 mil personas, las armas nucleares han evolucionado enormemente su capacidad destructora. El término “consecuencias humanitarias catastróficas” describe sus potenciales y letales efectos aun en aquellos que no son parte de los conflictos en los que puedan ser usadas. Médicos y científicos han documentado ampliamente sus consecuencias en la salud, concluyendo que la seguridad y la supervivencia de la humanidad dependen de la erradicación de estas armas éticamente indefendibles. Aun cuando ninguna volviera a ser detonada intencionalmente, el riesgo de un accidente es latente, además de los daños a la salud y el medio ambiente que generan su producción y pruebas.

A pesar de que la primera resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, en enero de 1946, mandató la eliminación completa de las armas nucleares, hoy nueve países poseen más de 17 mil. Ante el fracaso de la eliminación a finales de los 60, se apuesta por evitar su incremento, para lo cual se adopta el Tratado de No Proliferación (TNP) que compromete a los Estados poseedores a desarmarse y a los no poseedores a no hacerse de ellas. Treinta años después, un nuevo intento se concreta con la adopción del Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCE). Pero ni el TNP ni el TPCE han logrado detener la escalada nuclear. Justificándose con el concepto de la disuasión por mutua destrucción asegurada, los países poseedores no sólo han incumplido sus compromisos de desmantelamiento, sino que además han adquirido más armas o las han modernizado, incrementando así el riesgo de una detonación accidental y alentando la adquisición por parte de nuevos países. Si bien esta doctrina de seguridad hacía cierto sentido durante la Guerra Fría, las circunstancias actuales de inestabilidad, incertidumbre y falta de control que genera la presencia de actores con poder similar a la de muchos gobiernos como los terroristas y el crimen organizado, obligan a un replanteamiento.

También se encuentra el componente ético, ya que mientras millones de personas mueren de hambre o viven en extrema pobreza sin los mínimos servicios como agua limpia, alimentos y medicinas, los países poseedores gastan unos 300 millones de dólares al día en sus arsenales. En palabras de Ban Ki-moon, “el mundo está sobrearmado y la paz está subfinanciada”.

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Por eso este viernes, 122 países miembros de la comunidad internacional con la adopción del Tratado de Prohibición de Armas Nucleares, lanzaron un claro mensaje sobre la clase de mundo en el que aspiramos vivir la mayoría: un mundo seguro, libre de armas nucleares. La no participación en el proceso de los nueve Estados con capacidad nuclear (Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia, China, Corea del Norte, India, Paquistán e Israel) implica que un cambio en la realidad no está a la vista, sin embargo, el Tratado es el primer instrumento internacional en la historia que expresamente prohíbe las armas nucleares y será un elemento que incremente la presión y la sanción moral sobre los poseedores que siguen argumentando que la posesión de armas nucleares ha sido fundamental en el mantenimiento de la seguridad de Europa y del Norte de Asia durante los últimos 70 años, por lo que su prohibición tendría efectos contrarios.

Como sea, el viernes fue un día en el que por la voz de 122 naciones se expresó la misma humanidad y sus mejores aspiraciones de paz y libertad. Que este tercer intento de la comunidad internacional por eliminar la peor amenaza a nuestra supervivencia inflingida por nosotros mismos, tenga éxito.