Diez millones
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Campañas, el azote de la democracia

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Las elecciones del domingo pasado en cuatro estados de nuestro país: Estado de México, Coahuila, Nayarit y Veracruz, fueron el recordatorio de que el modelo actual de campañas electorales es insostenible. No sólo son insultantemente costosas, sino que de poco o nada sirven para cumplir con su propósito de dar elementos a la ciudadanía para que tome una decisión informada y razonada sobre por quién votar. Las campañas se han vuelto la reafirmación de una percepción ya muy arraigada entre los mexicanos de que la política y los políticos son sucios e incapaces lo cual desalienta la participación, incentiva el escepticismo, exacerba la desesperación y deslegitima a la democracia.

Hablaré sobre la elección del Estado de México que viví de cerca sin obviar las de los otros estados en las que se replicaron prácticas similares. Durante el desarrollo de las campañas una vez más vimos lo que lamentablemente ya se está haciendo costumbre: la descalificación personal —muchas veces a base de calumnias—, de los candidatos, sobre el contraste de trayectorias, preparación y propuestas. El ejemplo más claro fue la filtración a los medios de una supuesta investigación en curso por lavado de dinero a la familia de la candidata del PAN que apenas unos días antes de la elección fue desmentido públicamente por la propia PGR.

Las autoridades electorales han demostrado una falta de capacidad de respuesta u omisión ante las decenas de denuncias que se presentan durante los procesos. Ya sea que sean infundadas o que debieran concluir en una sanción, para el día de la elección esto nunca se sabe. Por ejemplo, la campaña concluyó sin una resolución sobre la denuncia que se hizo sobre el descuento del 10% al sueldo de empleados del Ayuntamiento de Texcoco durante el periodo en el que fue alcaldesa Delfina Gómez. El electorado merece saber en la medida de lo posible antes del día de la elección los fallos de las denuncias presentadas.

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Otro mal de las campañas es la insuficiencia en la difusión de las propuestas de los candidatos, así como la mala calidad de los pocos medios que hay para ello. El ejemplo rey son los debates organizados por los órganos electorales. En el caso del IEEM, éste organizó dos debates que fueron transmitidos por el canal del gobierno del estado que tiene en comparación con otros medios privados poca audiencia y con un formato rígido que terminó por matar la poca pasión que de por sí habían despertado las campañas. Este formato facilitó que ante cuestionamientos incómodos los candidatos pudieran, simplemente, no responder. Urge entonces cambiar a un formato que permita el contraste de personalidades y de ideas, y multiplicar este tipo de ejercicios en los medios de comunicación privados, las universidades, las cámaras empresariales y las asociaciones de colonos, así como todos los medios de difusión posibles de las propuestas de los candidatos.

Finalmente, otro elemento nocivo es la descalificación de los resultados del PREP una vez terminada la jornada electoral y la autodeclaración de triunfo de varios candidatos que resta seriedad al proceso, genera confusión entre los ciudadanos y alienta el encono social. De cara a las elecciones de 2018 en las que elegiremos un nuevo presidente de la República, urge una seria reflexión de todos los actores involucrados en el sistema electoral que derive en un paquete de compromisos y acciones para mejorar significativamente las campañas, la eficacia de las instituciones, la participación ciudadana, el respeto a los resultados y la legitimidad de las nuevas autoridades electas. En ello nos jugamos mucho.