Diez millones

Trump contra el planeta

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En diciembre de 2015, la comunidad internacional logró después de no pocas dificultades acordar una ruta de acción común, frente al que es quizás el mayor desafío para las generaciones presentes y futuras: el cambio climático y los impactos que éste tiene en la vida de millones de especies, incluyendo la nuestra.

De acuerdo con el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático, el deshielo, el incremento del nivel del mar, las lluvias más intensas o las sequías más largas han hecho ya que muchas especies terrestres y marítimas cambien sus áreas de distribución geográfica, actividades estacionales, pautas migratorias e interacciones con otras especies. El cambio climático tiene efectos también en los cultivos de trigo y maíz en muchas regiones, y sus impactos en las comunidades y en la vida de las personas están a la vista. En términos económicos, basta recordar que los daños del huracán Katrina superaron los 170 mil millones de euros y los de la tempestad Sandy ascendieron a 44 mil millones de euros.

Ante esta inquietante realidad, el Acuerdo de París es la única hoja de ruta para frenar el incremento de la temperatura del planeta y para implementar acciones de adaptación y mitigación ante sus efectos, los cuales son ya prácticamente irreversibles. Ese acuerdo, firmado por más de 190 países, representa además un gesto de responsabilidad y solidaridad con las futuras generaciones. Es literalmente un esfuerzo de supervivencia. Por eso es que decepciona tanto —que no sorprende— la salida de  Estados Unidos del Acuerdo, recién anunciada por Donald Trump.

Las emisiones de efecto invernadero —causantes del cambio climático—, provocadas principalmente por los combustibles fósiles y el carbón que han sido los motores de la industrialización no respetan fronteras. Ya sea que se generen en China o en Estados Unidos, las consecuencias son globales. Por eso, en su momento fue motivo de celebración que estos países —los dos más grandes emisores del mundo—, firmaran el Acuerdo, y por eso es motivo de preocupación que el que produce el 15% de las emisiones, se retire. Alcanzar la meta de reducción de emisiones para lograr el objetivo de que la temperatura del planeta no se incremente en más de dos grados con respecto a la era preindustrial hacia finales del siglo, será más difícil sin contar con  Estados Unidos.

Pero eso no es todo, también se necesitan inversiones importantes en mitigación y adaptación, principalmente en los países menos desarrollados y más expuestos a los impactos del cambio climático, que deberían ser aportados principalmente por los países desarrollados. Sin estas acciones, es previsible el aumento de la pobreza y en consecuencia, de la migración, además de la inseguridad y la violencia. Por esto, dejar de cooperar en un tema crucial y de largo plazo no sólo es irresponsable, sino estúpido.

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La comunidad internacional mayoritariamente reaccionó expresando su decepción. Los líderes de México, Chile, Colombia, Argentina, Bolivia, Perú, Canadá, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia, Bélgica, China, Japón, Australia y Sudáfrica, entre muchos otros, reafirmaron su compromiso con el Acuerdo, demostrando que un tratado firmado por 194 países y ratificado por 147 no puede estar sujeto a los caprichos de un presidente. Tampoco el futuro del planeta.

El legado de Trump, de seguir en la dirección que él mismo se trazó desde su campaña, podrá definirse como un intento de deconstrucción de los principios y valores civilizatorios que la comunidad internacional ha construido en siete décadas: el valor de la diversidad, el reconocimiento y respeto de los Derechos Humanos y ahora, la sostenibilidad del planeta. Ojalá reconsidere.