Diez millones

Nada vale la vida de un soldado

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Por alguna extraña razón –que quizá tiene más que ver con lo políticamente correcto que con otra cosa– en nuestra comentocracia política la vida de los militares y los policías vale cacahuates. Nada le hace que mueran en enfrentamientos contra el crimen organizado, su vida no es interesante ni motivo de ningún comentario. Si matan a un narcotraficante se desata la discusión de si era bueno o no eliminarlo. Se hace la recopilación de su vida, de sus contactos, las ramificaciones de su negocio, su nivel de maldad. Se critica que se le dé muerte, es una mala estrategia, dicen. Pero para los soldados caídos ni una palabra.

Hay un grupo de académicos bien pensantes, que hacen investigaciones, mezclan datos, se atrincheran en los medios de comunicación y generan debates entre ellos para demostrar que el Ejército es brutal. Índice de letalidad, le dicen a su desprecio por la labor de las Fuerzas Armadas. Defienden con más arrojo a los delincuentes que a quienes los cuidan.

Quieren hacer política pública desde el Twitter, canalizan sus odios y frustraciones políticas hacia los soldados y policías, de quienes piensan que mueren defendiendo causas fallidas. El asesinato de militares les parece algo normal, no les merece ni un comentario salido de sus cerebros políticamente correctos. La autoridad merece ser demolida por los que dicen y saben lo que está mal pero son incapaces de hacer el bien. Acomodados en algún cubículo de academia y sostenidos por dinero público disertan sobre la maldad del gobierno que combate al crimen y hacen una suerte de lobby para el hampa. Les interesa más llevar la cuenta de los delincuentes muertos que quienes pertenecen a las Fuerzas Armadas. Por supuesto, esto no quiere decir que no sea relevante la función de la academia en la investigación sobre el quehacer público y los excesos en el ámbito gubernamental, es una labor imprescindible, pero en el momento en que eso se convierte en bandera partidista, en causa política, las buenas intenciones se tuercen. Se alimentan unos a otros, constituyen una sociedad de elogios mutuos en la que se retuitean, se abrazan, se felicitan y se victimizan porque son terribles y audaces en sus críticas al gobierno del partido que sea.

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Entre nuestros personajes públicos, Andrés Manuel López Obrador es particularmente miserable cuando se trata de hablar del Ejército o la Marina. No los baja de asesinos, asegura que cometen “masacres”, los culpa de matar estudiantes. Los detesta y los desprecia. En su rencor contra todo lo que pueda representar una institución, les llama “pueblo uniformado” sin ocultar la irritación que le provoca el uniforme. No entiende conceptos como lealtad y disciplina, le parecen una aberración. Tiene más palabras para los delincuentes que para los que defienden la sociedad libre en la que él vive para ser candidato a la presidencia. ¿Alguien ha escuchado alguna vez que lamente la pérdida de la vida de nuestros soldados? Nadie. Nunca.

Me dirán que soy un fascista de derecha. No importa. Solamente pienso que Andrés Manuel puede hacer sus eternas campañas y los académicos discurrir sobre la letalidad y lo que gusten, porque afuera hay soldados que mueren –como los de la semana pasada– por defender las libertades en nuestro país. Hay quienes les estaremos siempre agradecidos.

@JuanIZavala