Diez millones

La incertidumbre

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Todo indica que hoy iniciamos una nueva época. La llegada de Trump al poder no es poca cosa. Estamos ante un tipo que cambió los modos de hacer política y campaña en ese país –y por lo tanto, en muchos otros–. Atrás quedó Obama con su encanto, con sus grandes discursos, con su facilidad para comunicarse, con sus magníficas entrevistas, con su encantadora esposa. Atrás quedó esa época democrática, esperanzadora, de ver a la potencia inteligente y sencilla como su presidente.

Llega ahora la arrogancia, el alarde, la fanfarronería, el dislate, la estupidez, el racismo, la misoginia, el desplante como política internacional, la amenaza como política pública. Donald Trump, no cabe duda, es un personaje singular. Para nosotros representa lo peor de esa paradójica sociedad que es la estadounidense.

No deja de sorprender el péndulo que mostró la elección presidencial de noviembre pasado. De tener un presidente negro, se fueron a uno completamente blanco, güero; de tener uno carismático, se fueron a escoger a un tipo petulante y soberbio; de tener a una persona sofisticada, se fueron a escoger a un tipo elemental; de tener un sujeto valiente, escogieron a uno arrojado; de uno incluyente, a uno lleno de fobias y prejuicios.

Por supuesto, no somos los únicos a la expectativa. El mundo entero no sabe lo que piensa hacer el presidente de la potencia mundial. Sus coqueteos con Rusia son reveladores de una relación con Putin, que tiene más de identificación personal en la patanería que de otra cosa. Su desconocimiento de lo que sucede en el mundo es alarmante. Recuerda a Sarah Palin, cuando dijo que veía a Rusia desde su casa. El nuevo presidente estadounidense cree que toda la política se reduce a crear empleos, algo similar a vender terrenos o hacer edificios. Es probable que poco a poco se asombre de la complejidad, incluso de temas locales –como el encono racial.

¿Qué esperar de Trump? Por lo visto, cualquier cosa. La incertidumbre es lo que ha dominado desde que fue ganador de las elecciones. Sus arranques, sus señalamientos, el uso adolescente del Twitter para señalar enemigos, errores, culpables de lo que él considera el abandono de la gente de su país. Para él se acabó la era de la claudicación y viene, de su mano, la del desagravio y la recomposición. Un tuit suyo tambalea nuestra moneda, nos quita empleos, nos hace sentir más vulnerables –mucho más con un gobierno en franco declive en todos los órdenes como el que tenemos.

Seremos el puerquito de Trump. Cada que necesite distraer la atención hablará sobre el muro, sobre cómo lo pagaremos, dirá que le arrebató empleos a los mexicanos –así sean 20– y nos usará como ejemplo de que cumple sus promesas de campaña. Esto no tiene nada que ver con el gobierno de Peña, parece que es de las pocas cosas de la que no es culpable, pero esperemos que tengan una estrategia acorde al problema que empieza el día de hoy. Un poco de dignidad es lo menos que pueden ofrecerle al país.

De cualquier modo, este día, la llegada de Trump, pasará a la historia. Más, no podemos saber.