Diez millones

Juan Ignacio Zavala

 

 

 

Sobre la normalización

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Todo parece indicar que volveremos, como es inevitable, a nuestros temas cotidianos: nuestros problemas, nuestras soluciones que nada más no llegan. Es decir, volveremos a lo de siempre, regresaremos a nuestra 'normalización'. Porque una cosa queda clara a casi un mes de que haya llegado el fascista a la Casa Blanca (se entiende que la de Washington): no nos va a dejar en paz durante un buen tiempo y tendremos que aprender a vivir con la amenaza constante.

No parece sencillo acostumbrarse a tener de vecino a un loquito que en cualquier momento la emprende contra uno, pero será cuestión –literal– de 'agarrarle el modo' a la nueva manera de vivir con el vecino. Con lo que hay que tener cuidado es con tratar de creer el cuento de que el tipo se va a 'normalizar'.

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Más marchas, más política

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Ayer fui a la marcha. Fui por varias razones. Una, porque la calle es de todos, y por abuso de unos y apatía de otros, pareciera que pertenece a un sector de la izquierda radical. Los de derecha también marchamos. Otra, porque la política tiene lugar también en las calles, cuando se le secuestra y se queda en los salones y palacios, sobrevienen las peores desgracias. Otra razón es expresar mi repudio a Trump y al trato que da a nuestro país, pero también fui a expresar mi repudio a Peña por su pasividad, por su indolencia y por tenernos en un bache en todos los temas posibles. Y otra razón fue para no dejarles la marcha a quien se la quisiera apropiar, desde los organizadores y sus voceros –cursis y que todo enredaban– hasta el propio gobierno, que estaba encantado con la idea de que se expresara solamente un antitrumpismo.

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Marchar

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Me parece que hay que marchar por varias razones. Una de ellas es que pocas veces tenemos a alguien en común tan poderoso y concreto en contra de todos nosotros, y en la que todos salimos perdiendo: Trump.

En un país poco dado a la solidaridad, fuera de momentos de tragedia (en los que somos casi insuperables), estamos acostumbrados al recelo de los demás, a la duda sobre el éxito del vecino o del colega; en todo suponemos un arreglo o una tranza. Casi todo lo público en este país nace con esos ingredientes: la sospecha, la murmuración de un acuerdo tras bambalinas. Nuestras últimas elecciones presidenciales han sido tirantes y divisorias –la que viene pinta igual– y el sedimento de esa división flota entre nosotros. Así que organizar algo que les guste a todos y del que nadie desconfíe es punto menos que imposible.

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Oda al tlacoyo (reflexión sobre el sentir nacional)

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El presidente Peña ha llamado a consumir productos nacionales. Lo hecho en México está bien hecho, se nos recuerda desde el gobierno. Qué bien. La vida es un nopal y un sombrero, una chela y un tequila, un mariachi en el fondo entonando canciones de valiente desprecio al amor; aquí no nos rajamos que somos hombres y no nos importa que estén muy grandotes, pues no los vamos a cargar. Gritemos ¡viva México!, entonemos el Himno, es momento de unidad, nada de discrepar. México nos une. Bien, ¿pero cómo usar los recursos, los productos nacionales con provecho en esta situación de orgullo mexicano y de conflictividad internacional? Aquí, algunas reflexiones sobre el sentir nacional.

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Razones para no ser optimista

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Enrique Quintana, ínclito director de este H. periódico, El Financiero, publicó hace unos días en estas páginas un texto titulado 'Razones para no ser pesimistas'. Uno no es nadie para andar cuestionando los conocimientos técnicos de don Enrique. Él sabe mucho de números, del vaivén de los mercados, el sube y baja de las monedas, las inquietudes del inversionista, el análisis de los que, así le llamamos los ignorantes de esa materia, 'mueven el tablero'. En ese artículo, Quintana da seis razones por las que podemos alejar el pesimismo de nuestro panorama. Como, por ejemplo, que China es el problema del déficit comercial de Estados Unidos y no nosotros; o que México es el mercado principal del campo y la industria alimentaria estadounidenses, que generan 423 mil millones de dólares al año. “Las cosas pueden salir bien, o por lo menos no tan mal”, es una de las sentencias del director. Nada más lejos de mi interés –en toda la extensión de la palabra, pues nadie quiere pelear con el jefe– que contrariarlo. Sin embargo, no neguemos que hay otra posibilidad más que conocida: las cosas siempre pueden ir peor. Aquí unas razones para no ser tan optimistas.

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El nacionalismo como respuesta

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El efecto Trump ha tenido múltiples ecos en diversos lugares. Desde la condena en varias ciudades de su propio país, hasta pronunciamientos de organizaciones internacionales. Trump ha puesto a brincar a una gran cantidad de gente en su contra. Del otro lado vamos conociendo la cara de sus colaboradores, que han dado muestras de ignorancia e insolencia, sí, pero también de voluntad de llegar hasta donde sea necesario para hacer cumplir los desvaríos prometidos por el nuevo presidente.

En México hemos pasado del estupor al miedo, al coraje y de regreso. Todavía no sabemos bien a bien qué harán las autoridades con el 'bono de unidad' que se les ha dado. No salen de sus eventos sosos, huecos. Los discursos del presidente son pésimos; el otro día salió rodeado de cuatro escudos nacionales como si fuera luchador de las galaxias o algo así. Es muy penoso un gobierno que no atina a defender a sus gobernados.

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Los días que vivimos en peligro

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Sin duda, la semana que terminó es una de las más agitadas política e informativamente que hayamos vivido en muchos años. De la estupefacción con la andanada de majaderías del gorila que se instaló en la Casa Blanca, a la inmovilidad peñista. El país no había estado en esta tensión con Estados Unidos, ni cuando Fox decidió esconderse de Bush y no contestar las llamadas para no tener que dar una posición sobre el conflicto con Irak. La embestida de Trump ha sido de una magnitud que no imaginábamos. Por más que supiéramos que es un boca suelta, un patán de ideas políticas muy rupestres, un tipo grosero y petulante, jamás imaginamos que nos dedicaría la primera semana de su gobierno.

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La renuncia al liderazgo

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El presidente Peña ha renunciado a tomar el liderazgo. Sus dudas, su temor estructural al conflicto y, hoy queda más claro que nunca su asesor principal, lo han colocado en un rincón del que no puede salir.

Por primera vez en su gobierno algo podía salir bien con tan sólo tener un poco de sentido común y algo de arrojo. No hay manera, todo lo tiran por la borda, todo lo enredan para quedar mal con todos. Es claro que nadie culpa a Peña de los dislates y amenazas del gorila estadounidense. Pero todos tenemos el derecho de esperar de nuestros gobernantes una respuesta satisfactoria frente a la amenaza nacional.

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Preparativos de la negociación

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Un grito se oyó en Los Pinos: ¡Videgaraaaaaaay! Don Luis, que no había salido de ahí porque no lo dejan los múltiples encargos que se le asignan, regresó como de rayo a la oficina del C. presidente.

-A sus órdenes, señor.

-Ya lo sé que estoy a tus órdenes… o al revés. Como sea, ya no importa. Organízate como va un evento con todos los sectores para anunciar que vamos a tener una estrategia para contener a Trump. Un evento que refleje unidad, mucha unidad y solamente unidad. Antes de tu viaje a Washington.

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La violencia del jitomate

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Es innegable que nuestra clase política se especializa en causar irritación en la ciudadanía. De todos los legisladores es cierto que trabajan duro y conocen los temas a profundidad no más de 5.0 por ciento. Los demás son convidados de piedra. Personas que presiden alguna comisión para que sientan que fueron algo en la vida. Normalmente se esconden, buscan no salir dando opiniones sobre los temas de relevancia porque no saben. Nos enteramos de ellos cada que dicen alguna estupidez o comenten alguna tropelía. Pero hay gente talentosa que da debates, genera leyes, da la cara y defiende su trabajo y con ello el de todos sus otros compañeros.

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La incertidumbre

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Todo indica que hoy iniciamos una nueva época. La llegada de Trump al poder no es poca cosa. Estamos ante un tipo que cambió los modos de hacer política y campaña en ese país –y por lo tanto, en muchos otros–. Atrás quedó Obama con su encanto, con sus grandes discursos, con su facilidad para comunicarse, con sus magníficas entrevistas, con su encantadora esposa. Atrás quedó esa época democrática, esperanzadora, de ver a la potencia inteligente y sencilla como su presidente.

Llega ahora la arrogancia, el alarde, la fanfarronería, el dislate, la estupidez, el racismo, la misoginia, el desplante como política internacional, la amenaza como política pública. Donald Trump, no cabe duda, es un personaje singular. Para nosotros representa lo peor de esa paradójica sociedad que es la estadounidense.

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