Diez millones

El 'huachicoleo' aquí y allá

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Hace algunas décadas, cuatro o cinco, no pocos de los que con ansia deseábamos la implantación en México de la democracia, como necesario punto de partida para el desarrollo justo y acelerado de la sociedad mexicana, observábamos con admiración la experiencia democrática de Venezuela en esos años.

Conocíamos por referencias, algunas directas, la forma como los venezolanos de diferentes signos y posiciones, unidos bajo la bandera común del ideal democrático, habían conseguido la caída de una férrea dictadura militar. Con orgullo presumían su exitoso movimiento y ser actores de un nuevo y muy promisorio amanecer de esa nación sudamericana.

Las elecciones venezolanas de la década de los años sesenta se veían dentro y fuera de ese país como ejercicios modelo de democracia y civilidad. Dos grandes partidos dominaban claramente la escena política: Acción Democrática, AD, la de los 'adecos' de Rómulo Betancourt, de corte socialdemócrata; y COPEI, los 'copeyanos' de tendencia democristiana bajo el liderazgo de su caudillo histórico Rafael Caldera.

Además de las dos grandes formaciones mencionadas, completaban el panorama otra docena y media de pequeños partidos, resultado de la inercia de un sistema electoral con elementos de representación proporcional.

Las campañas electorales venezolanas de aquellas doradas décadas, en las que destacaba la dura competencia entre copeyanos y adecos, se caracterizaban por ser de gran espectacularidad. Desde la distancia, algo olía mal en esos procesos electorales de big show, inútilmente costosos que nada, o muy poco, abonaban a la consolidación de una auténtica democracia.

Hasta que el olor puso finalmente de manifiesto una escandalosa y generalizada corrupción entre la clase política venezolana. A pesar de los esfuerzos de algunos copeyanos, Caldera incluido, para combatirla, todo finalmente resultó inútil. Tanto AD como COPEI terminaron despreciados por el grueso del electorado venezolano y no se diga la caterva de minúsculos partidos. Apareció entonces el chavismo, hace casi dos décadas, hoy regenteado por ese torpe sátrapa llamado Nicolás Maduro. La corrupción fue el detonador de este engendro. El resto de la historia es ya conocido.

Cuando la corrupción se generaliza no se limita a sólo carcomer las esferas gubernamentales. Se desborda y penetra a todas las capas de la sociedad. Para efectos prácticos, es raro el sector que logra quedar al margen. Así sucedió en aquel país y así parece que ya se observa en México. Un ejemplo nos puede dar idea si es, o no, así.

Venezuela, más que México, es un país petrolero. Aquí, desde hace varios años la opinión pública sabe que el robo de gasolinas en los oleoductos es un gran negocio que se practica a ciencia y paciencia de quienes tienen obligación de evitarlo. Hasta ahora nada eficaz han hecho para combatirlo. La semana pasada quienes practican este ilícito llegaron al extremo de enfrentar al Ejército, como quien defiende un legítimo derecho a robar.

Usaron, como suele suceder, a gente pobre como carne de cañón. Son el último y más débil eslabón de una extensa cadena de beneficiarios y cómplices, entre los que es muy probable que estén coludidos policías y sus mandos, transportistas, órganos de control, franquiciatarios de Pemex, altos funcionarios de esta empresa del Estado, políticos locales, empresarios compradores de combustible a bajo precio, y una lista interminable.

Sólo para medir el estado de degradación a que la corrupción ha llevado, sería interesante averiguar si en Venezuela también hay huachicoleros. La respuesta a esta interrogante nos revelará muchas e interesantes cosas.