La novena posada de 1840

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El 24 de diciembre de 1840, la esposa del primer embajador de España en México, señora Frances de Calderón de la Barca, fue invitada a la novena y última posada de ese año, la víspera del día de Navidad, a la casa de su amiga la Marquesa de Vivanco, en la capital del país.

Escribió la esposa del diplomático hispano que la celebración de las posadas, que en tal época ya constituía una tradición muy arraigada, es “una curiosa mezcla de devoción y esparcimiento, pero (forman) un cuadro muy tierno”.

Narra la misma dama que “cerca de las nueve (de la noche) empezó la ceremonia. A cada una de las señoras (invitadas, como ella) le fue puesta en la mano una velita encendida y se organizó una procesión, que recorrió los corredores de la casa cuyas paredes estaban adornadas de siemprevivas y farolitos y todos los concurrentes cantaban las letanías…”

La señora Calderón de la Barca continúa su relato así: “La procesión se detuvo por último delante de una puerta, y una lluvia de fuegos de bengala cayó sobre nuestras cabezas, para figurar, me imagino –escribe la autora-, el descendimiento de los ángeles… Unas voces, que se suponía de María y José, entonaron un cántico pidiendo pasada, porque decían, la noche era fría y oscura, el viento zumbaba con fuerza, y pedían albergue por esa noche. Cantaron los de adentro, negándoles la posada. Otra vez imploraron los de afuera, y al fin hicieron saber que aquella que se encontraba en la puerta, errante, en la noche, sin tener donde reposar la cabeza, era Reina de los Cielos. Al oír este nombre, las puertas se abrieron de par en par, y la Sagrada Familia entró cantando. En el interior se contemplaba una bellísima escena: un Nacimiento”.

A continuación, la cronista describe el Nacimiento así: “en unas tarimas alrededor del aposento, cubiertas de heno, se habían dispuesto figuras de cera formando escenas que representan, generalmente, pasajes de diversas partes del Nuevo Testamento, aun cuando algunas veces empiezan con Adán y Eva en el paraíso… Se observan árboles verdes y de los que dan fruta, unos surtidores arrojando hilos de plata; rebaños de ovejas, y una cunita para que en ella descanse el Niño Jesús”.

La esposa del embajador de España prosigue su narración: “Un chiquillo –dice- vestido de ángel sostenía en sus brazos a un niño de cera. Todo el Nacimiento, adornado con flores y guirnaldas, refulgía de luz. Un padre tomó al niño de los brazos del ángel y lo puso en la cuna, con lo que dio fin a la Posada. Regresamos a la sala –concluye la narración-, ángeles, pastores y demás invitados, y hubo baile hasta la hora de cenar. La cena fue un alarde de dulces y pasteles”.

Pues bien, la autora de esta sabrosa y descriptiva crónica fue, como ya se dijo, esposa del embajador, el primero que tuvimos de España en México, de nombre Ángel Calderón de la Barca. El de ella Frances Erskine Inglis, escocesa de nacimiento, quien desde temprana edad abandonó su país, vivió en Francia y tenía ya una larga residencia en la ciudad de Boston cuando conoció a Calderón de la Barca en el año 1838, mismo en que se casaron, ella a la edad de 32 y él frisando los 50. Un año después llegaron a México en misión diplomática.

Durante su estancia en nuestro país, que fue exactamente de dos años y 21 días, de diciembre de 1839 a enero de 1842, la señora Calderón de la Barca mantuvo un abundante correspondencia con sus familiares residentes en Boston. Sus cartas daban cuenta detallada de todo lo que la dama observaba de la vida cotidiana de nuestro país. Cabe decir que era una mujer muy inteligente, de gran erudición, que hablaba con fluidez varios idiomas y tenía un sentido muy despierto de la observación. Era dueña además de una prosa pulida, precisa y deliciosa.