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Hoy muchos tenemos en la mente a Venezuela. Son lamentables los motivos, las evidentes y difundidas consecuencias de la desafortunada combinación de erróneas políticas económicas y el ejercicio autoritario del poder. Grave crisis económica y política, confirmadas por inflación, devaluación del bolívar, caída del poder adquisitivo, escasez de insumos y alimentos, golpes a la democracia y a las libertades de los ciudadanos. El consecuente y desesperado descontento de amplios sectores de la población contra el régimen chavista que encabeza Nicolás Maduro, y el marcado y triste enfrentamiento entre los hermanos venezolanos, divididos entre los que apoyan al régimen y los “otros”, los opositores.

En este escenario, es imposible omitir al extinto Hugo Chávez, constructor de este régimen. Este personaje, formado en las filas del ejército, forjó su ambición por el poder para crear en 1982 el izquierdista Movimiento Bolivariano Revolucionario-200. Fue opositor del gobierno de Carlos Andrés Pérez y estuvo en la cárcel por dos años tras un fallido intento de golpe de Estado en 1992, en respuesta a su plan de contracción económica. Fue víctima de la represión ordenada contra los opositores del entonces mandatario.

Al salir de prisión, Hugo Chávez fundó el Movimiento V República y fue a recorrer el país llevando un discurso contra la corrupción del sistema y los políticos, y de apoyo a los sectores venezolanos más empobrecidos. Entendió que la estrategia militar y de las armas no era la correcta para sus fines, y adoptó la bandera del populismo, es decir, la de presentarse ante los sectores pobres de la población para ofrecer proveerles bienestar desde el Estado, a través de la estatización de las actividades económicas, políticas, sociales, y lo que es más, de las decisiones más importantes de la vida del país. Promotor pues, a pesar de haber sido víctima de una, de otra represión a la oposición.

En la teoría y academia política, es ampliamente aceptado que este populismo, más que una corriente ideológica o régimen político, es ante todo una estrategia. Sí, una estrategia para llegar al poder empleada por sujetos que ambicionan ejercerlo con criterios personales y por encima de las instituciones, a las que en su forma personal y a conveniencia de entender el poder, no tienen cabida salvo como obstáculos.

El populismo es una forma de hacer política basada en tres factores. Primero, la explotación del carisma personal de quienes ambicionan el poder. Gesticulan, modulan y transmiten una imagen mesiánica de salvación del país a través de su persona. Segundo, la explicación propagandística que se lleva a los sectores mayoritariamente pobres, argumentando simplistamente que la causa de los problemas de un país tiene que ver con el bien y con el mal. Y tercero, el discurso centrado en la idea de que todo lo que él hace se justifica, pues es en bien del pueblo.

Así, ideológicamente, se considera que estas personas llegan al poder usando la estrategia del populismo. Entre ellos, hay dictadores de izquierda y de derecha que han dejado a sus pueblos en la ruina, debilitadas sus instituciones y vilipendiados los derechos y libertades de los ciudadanos. Ya en el poder, estos gobiernos populistas hacen como que protegen y ayudan a los sectores más pobres de la sociedad, como que defienden a la nación, intentan convencer de que ellos personifican al bien y sus adversarios al mal, pero al desenmascarados, son solo usuarios de esta estrategia para mantenerse en el poder, supuestamente avalados por una mayoría social.

Hoy, en Venezuela se mantiene una violenta confrontación entre los seguidores del régimen populista chavista, encabezados por Maduro y con el control del Supremo Tribunal de Justicia, contra los opositores a este régimen, teniendo como eje el Parlamento bajo su mayoría. Confrontaciones que no han quedado al margen de la lamentable acumulación de heridos y muertos.

Ahora estamos a poco más de un año para la elección presidencial en nuestro país. Debemos tener en la mira este concepto del populismo, que debe ser ampliamente revisado, discutido y explicado a la población. A todas luces es la estrategia de uno de los aspirantes, y los mexicanos debemos tener precaución de no caer en sus tentaciones. Ofrecer hacer el bien como estrategia personal para llegar al poder, y no como objetivo inherente de las políticas públicas, debe ser un comportamiento electoral desenmascarado.

Debe decirse abiertamente que el populismo nace de una ambición concreta de poder, que define como estrategia la manipulación del odio a su favor, que polariza y engaña el desear el bien del pueblo, pretendiendo ocultar esa ambición personalista de poder. Sin embargo, estos populistas no pueden engañar a todos todo el tiempo con el son de que el problema de la gente es el mal, y que ellos representan al bien. No pueden sostenerlo, se filtra en mensajes contradictorios en videos de actos de campaña y en aquéllos en la supuesta intimidad de un auto o un parque en Nueva York.

Es lógico también, que mucha gente haya caído en el juego del populismo, hasta personas bienintencionadas de distintos sectores, como el empresarial y el mismo político. Sin embargo, siendo claros y señalando estos distorsionados conceptos, remojando las barbas y difundiendo lo que persiguen este tipo de aspirantes, será comprendido por los electores y su estrategia nuevamente fracasará, para lograr el sueño de muchos… No más historias como la de Venezuela, no más incitadores a la confrontación entre connacionales.