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Como país acabamos el año peor que como lo empezamos. Durante el año que acaba fuimos testigos de más escándalos de los que sus protagonistas principales son quienes viven en Los Pinos, que ameritaron hasta un pedir perdón por parte del Presidente, pero no aceptando los hechos de corrupción en los que se vieron involucrados, sino por la percepción que la sociedad tuvo de ciertos hechos o versiones, según él infundadas, y que pudieran haber lastimado u ofendido el sentir de los mexicanos.

Un año en el que el mal camino por el que llevan al país quienes lo gobiernan, se reflejó la más baja aprobación por parte de la ciudadanía hacia el Presidente de la República, llegando a cifras nunca antes registradas por ningún presidente, por abajo del veinticinco por ciento de aprobación de la población frente a tres cuartas partes en contra.

Un año en el que la violencia de la delincuencia organizada y no organizada, la del fuero común y federal, se vio en franco incremento, aunque no lo quieran así reflejar las cifras oficiales, lo que exhibe inexorablemente la equivocada, ineficiente e inoperante estrategia del gobierno federal para enfrentarla, dejando a la población prácticamente en la indefensión y orillada a tomar las armas para su autodefensa, como en San Miguel Totolapan, Guerrero, lo que una vez más demuestra, aunque no les guste que se diga a quienes gobiernan, que estamos ante un Estado fallido, que involucra a todo el Estado, los tres órdenes de gobierno y sus tres poderes públicos.

A la indignación de los escándalos de los políticos, el enojo por su ineptitud, el miedo, y muchas veces terror, por la violencia y la inseguridad, se suma la angustia de fin de año entre la población por la crisis económica que se viene por el alza en las gasolinas, la cual ya es preanunciada por las cámaras empresariales; asimismo, por los recortes presupuestales, así como por las agresiones económicas de parte de Donald Trump inhibiendo las inversiones de corporativos estadounidenses en nuestro país, todo lo cual avizora difíciles condiciones económicas para la mayoría de la población.

Ante esta situación y escenarios, el sentimiento que despierta el año nuevo, aun antes de nacer, en la mayoría de la población, es incertidumbre, ante la que la pregunta que se hace muchas veces sin expresarla es ¿cómo va a impactar todo esto en mí en el bolsillo?, la cual se alimenta, contrario sensu, de la certidumbre de que el gobierno no va a actuar en favor de eficiencia, la honestidad y menos de la seguridad y economía de la población. Estamos acabando mal el año y mal vamos a empezar el que viene.

La inseguridad, la violencia, la ineptitud, corrupción, incremento de precios, que alcance para menos los escasos ingresos de las familias, hacen que flote en el ánimo social sólo incertidumbre; pesimismo o realismo aparte, tenemos que empezar a reflexionar y proponer qué hacer, porque quienes actualmente gobiernan están empecinados en acabar muy mal su responsabilidad, y de facto, entregando anticipadamente la Presidencia de la República.

Desde ya, debemos empezar a visualizar la derrota del PRI en el 2017 y 2018, y a pensar que será otra fuerza política la que va a gobernar el país en el próximo sexenio, que no deben ser quienes han engañado una y otra vez a las y los mexicanos, o quienes creen que son los únicos moralmente limpios y honestos, sino quien se identifique con la angustia, enojo y miedo de los mexicanos, quien siente los problemas como una mexicana más, quien tiene la convicción de promover la participación de la ciudadanía en la conducción de las cosas públicas y ejercicio de gobierno.

Ante los malos resultados y los negros escenarios, acabemos e iniciemos el año con la certeza de que sí se pueden hacer mejor las cosas y tener un mejor país, tenemos fortalezas y los liderazgos necesarios para ello, cerremos de una vez por todas las formas de gobierno del siglo XX que ya han demostrado, literalmente hasta el cansancio, que no dan resultados, e iniciemos la del siglo XXI centrada en la fuerza de la participación ciudadana.