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Transición atorada

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Me lo advirtieron en el Instituto Santa Fe. Un sistema en crisis puede ir a una etapa superior o caer en un desorden total. De una crisis sale una flecha verde hacia arriba o una flecha roja hacia abajo.

México está en un estado de transición. Ello explica muchas cosas. Podemos ver opciones y riesgos. Lo viejo ha entrado en crisis, pero lo nuevo no ha llegado. 

Contrastan con los optimistas los que prefieren no hacer olas.  Los que temen que las cosas se descompongan peor. Como nación tenemos la desiderata: ¿Andrés Manuel López Obrador es la flecha verde salvadora o la roja que nos jala a todos hacia abajo?

El cambio positivo rompe hacia arriba, recompensa la innovación, premia la creatividad y se nutre de juventud. El cambio negativo nos ofrece regresar a un pasado tranquilo que, oh sorpresa, ¡está capitaneado por dinosaurios irredimibles! Sería como el tiro de gracia del soldado de Palmeritas a todo el país.

Los mexicanos podemos ir a una nueva etapa superior. Nos toca convencer a quienes no ayudan y sí estorban. Cuando los inseguros se oponen al cambio, aumentan la presión y el desgaste de un sistema que ya de por sí no funciona. Son como un lastre en un globo o la fricción de un motor sin aceite.

Transiciones vemos en todos lados: en Estados Unidos, en México, en Nuevo León y hasta en la Secretaría de Seguridad. Casi ninguna institución se salva de la modernidad que se acelera a sí misma. En el lado negativo, los delincuentes son más ágiles para adoptar las nuevas tecnologías que el dinosaurio de gobierno que tenemos.

Peor aún. La mayor resistencia que complica y alarga la transición viene del mismo gobierno. Mientras el Congreso, como le dije un día a Fox, es una pesada carreta estirada por bueyes, la Presidencia se podría montar en cuatrimotos. De nada sirvió, como buen tibio, se angustió peor. 

La clase política rechaza la innovación. La razón es muy sencilla. Ellos no están sometidos a la selección natural Darwiniana, ni siquiera a la prueba y error. Cuando el gobierno les manda un cheque archimillonario a su casa cada mes, está difícil que vean crisis, y en extremo imposible que lideren el cambio.

Trump, por ejemplo, está atrapado en una transición que pretende dar reversa al “estado benefector” de Obama. Su meta es reinstalar la cultura de grandeza estadunidense basada en trabajo y creatividad. 
Ahora los demócratas envidiosos e inmaduros hasta el tope le estorban cada paso que ha dado desde el día uno. Corrió al director del FBI Comey, y los que antes pedían la cabeza del superpolicía, hipócritamente lo condenan por haberlo destituido.

México está peor. No tenemos un gobernante ni un líder que nos conduzca. Los políticos están en plan apropiarse de todo antes de que la nave se hunda. Piensan que si el Mexitanic se va a ir al fondo, no es por su culpa y al contrario, ellos están al menos salvando el oro que trasporta en sus cajas fuertes. ¿Tratar de salvarlo? Para qué fregados, si todos sabemos que esta nave se va a hundir. Además, suponen que no quedará nadie vivo que reclame.

“El Bronco” entre tragos de agua salada y helada inventa una transición en Seguridad Pública. La vieja solución de apenas seis años llamada Fuerza Civil resulta que no funciona. Y ahora le añade una Guardia Civil que Mauricio Fernández rechaza tajantemente. Las matazones siguen, pero Jaime Rodríguez busca retoñar la esperanza mientras prepara la escapatoria hacia un campaña nacional sin futuro.

En conclusión, nuestros gobiernos no son aceleradores del cambio sino sus acérrimos enemigos. Bien o mal, cuando menos la mitad de los americanos lo están intentando con un desbocado audaz líder al frente. Nosotros ni eso. Como diría Maquiavelo, además de los enemigos tenemos además que luchar contra la gente ignorante, miedosa, pasiva y estorbosa. Eso describe nuestra transición atorada.