Diez millones

Contagio banal

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La gente con gripa le haría un gran favor al planeta si no saliera de su casa. Fui contagiado porque me faltó aplicar esa regla y cerrarle la puerta al ejército invasor. No lo hice y caí. Ahora quizá yo termine contagiando a otras personas. Así el virus de la gripa, aunque técnicamente no está vivo asegura mantenerse presente como si lo estuviera.

Esta situación me ha hecho reflexionar sobre otros contagios a los que estamos expuestos. No solo de bichos que generan enfermedades sino de otras formas que toman la categoría de “replicantes” y que han entrado a nuestras vidas, unos para bien y otros para mal. 

Los primeros bienvenidos pero los segundos van a seguir fastidiándonos por un buen tiempo. Solo una disciplina férrea podría quizá darnos una oportunidad de vencerlos y erradicarlos. Ni que tuviéramos tanta suerte.

El biólogo inglés y famoso ateo, el científico Richard Dawkings inventó el término “meme” en inglés que podríamos deberíamos estar pronunciando como mim en español. En vez de ello, la cultura de la redes ha convertido el invento de Dawkings en un meme, con dos “e” vocablo que se oye fatal. 

Dawkings inventó el mim (voy a usar esta variante fonéticamente correcta) para explicar una función importante de los avances culturales en la ruta de nuestra evolución biológica. Se puede decir que DawkinGs lo hizo por una causa noble. Copiando las conductas exitosas los humanos pudimos acelerar nuestro desarrollo y eventualmente crecer el tamaño de nuestro cerebro hasta llegar a la Era de los Smartp hones. Esos artefactos culturales son mims que saltan de un cerebro a otro. En ocasiones son mejorados y fortalecidos siguen su marcha de éxito sembrando soluciones prácticas en quien los quiera adoptar.

Ahora la palabra “meme” se ha degenerado gracias a las redes sociales y un meme (horrible diminutivo de Manuel) es regularmente una foto o una gráfica con un leyenda chusca. Se usan para hacer chistes o para burlarse de otros o criticar alguna situación. Lo que asombra es la velocidad a la que se desparraman entre la sociedad. A los memes les debemos la fantástica difusión que recibió el XV años de la joven Rubí.

El carácter de meme no se agota con las fotos alteradas. Técnicamente todos los “tuits” son memes de Dawkins, pequeños paquetes de información diseñados precisamente para que se reproduzcan. Retuitar es deporte para cientos de miles y así la competencia entre memes de todos tipos de colores, tamaños y sabores es como una plaga que ya nadie puede frenar. 

Personas con preocupación por la ecología empiezan a voltear a ver el alto consumo de energía que crece y crece para satisfacer a los viciosos consumidores de memes de todo tipo.

A mí me preocupa más el envenenamiento de tantas y tantas mentes que no se dan cuenta que retransmitir idioteces es aún peor que contagiar la gripa. Es una molestia, es costoso y no deja más que puro malo; y sobre todo, tiempo perdido.

El contagio emanado de las redes está demostrando ser más tiempo perdido que otra cosa. Comparemos la cantidad de veces que se reproduce una canción contra con los “views” que recibe en YouTube una conferencia de científico. Ni para cuando. Lo malo se difunde, lo bueno se pierde en la nada.

Hay memes que surgen según la temporada. Estamos ahora en “feliz año nuevo”. No hay duda que los dedos pulgares están siendo re-entrenados para aumentar la velocidad para mandar y responder a mensajes. Esto trae cambios reales en la corteza cerebral, dato que deberíamos enfocar para motivarnos a cambiar las cosas que no funcionan. Menos bromitas y más conciencia.

La gran pregunta es cuándo empezaremos a planear y ejecutar un contagio colectivo positivo que nos permita canalizar nuestra energía social para enderezar las muchas cosas que andan mal. Ojalá pero un meme banal genera otro. En vez de organizarnos para cambiar de gobierno, siempre será más fácil lanzar dos que tres memes contra los gasolinazos. ¡Así cuándo!