Diez millones

Gómez del Campo Mariana

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La mayoría de los mexicanos aplaudimos que en 2008 se pusiera fin a un formato de Informe faraónico, herencia de épocas donde el Presidente encabezaba al partido hegemónico y también controlaba al Congreso.

El esquema fue sustituido por el simple envío de dicho Informe y una ceremonia gris, pero lo más importante: sin un ejercicio de crítica y mucho menos autocrítica.

¿Cómo entender que el Presidente en su mensaje hable de “mover a México” y de un país con “rumbo”, pero el sentir de quienes vivimos en él es totalmente lo opuesto? ¿Cómo hacerle ver que ocho de cada 10 mexicanos califican mal al Gobierno o que el Presidente tiene la más baja aprobación para un mandatario desde que se creó esa evaluación?

Estamos siendo testigos de una de las crisis más profundas para una administración federal en muchos años. A la mitad del sexenio, la seguridad se encuentra más cuestionada que nunca por la fuga del Chapo, aunque eso no debe distraer la atención de que la intervención en Michoacán no dio frutos, de que, según cifras del INEGI, el 68% de los mexicanos se sienten inseguros; o de que 50 municipios concentran 70% de las muertes violentas del país sin que se haya hecho nada al respecto.

A eso hay que sumar que la economía acumula ya tres años sin avances, y lo más doloroso, con las reformas aprobadas, que el peso se ha devaluado 37% en nueve meses; que la reforma fiscal, en lugar de mejorar, ha asfixiado a hogares y empresas; que hoy, el ingreso haya perdido 3.5% de su valor y que de 2012 a la fecha ya hay más de dos millones de pobres adicionales.

La crisis se profundiza porque estos retrocesos han ido aparejados de visos de regresión autoritaria y de un aumento alarmante en la corrupción. Este año vivimos casos como Tlatlaya, Ayotzinapa y Ostula; en ninguno se ha dado una respuesta satisfactoria. Ni qué decir de los escándalos por la Casa Blanca o los vínculos con grupo Higa, el saldo: ningún funcionario sancionado, varios periodistas removidos de su labor.

No podemos seguir escuchando discursos triunfalistas del Presidente mientras todo camina en sentido contrario. Hoy no existe mecanismo alguno para llamar a rendir cuentas verdaderamente al Presidente; mucho menos para que escuche de viva voz cuestionamientos y responda con argumentos.

No hay que volver al pasado ni mantener la simulación; en lugar de ello, hay que construir un nuevo esquema de rendición de cuentas que sirva, que permita un debate de impacto nacional y que no fortalezca la imagen presidencial, sino que empodere a quien con su voto eligió a quien llevaría la responsabilidad.

Frase:

¿Cómo entender que el Presidente hable de ‘mover a México’ y de ‘rumbo’, pero el sentir de la mayoría es totalmente lo opuesto?”.