Diez millones

Germán Martínez Cázares

CDMX, engaño constitucional

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Lo que mal empieza mal acabará. Comenzaron por prostituir palabras y conceptos. Primero, no es original el nombre de la "ciudad de México", así le llamó a la capital la Constitución más conservadora de la historia del país, aquella jurada "en el nombre de Dios Todopoderoso" en 1836. Segundo, la publicidad tampoco es novedosa y dejó ver el gen demagógico y populista que querrán imprimirle a ese texto, pintar anuncios con "la Constitución somos todos" recuerda el lema de campaña del presidente José López Portillo, "la solución somos todos". Algunos que aplaudieron entonces a López Portillo están encargados de redactarla. Y tercero, llamar "asamblea constituyente" al órgano facultado para aprobar esa Constitución es un exceso, porque no es fundante, ni base, ni principio, ni origen de nada; la legitimidad y poder de esa asamblea capitalina se la otorga la Constitución General de la República, y entonces es y será un "poder constituido", pero de ninguna manera un "poder constituyente".

La ciudad ha cambiado políticamente en la últimas décadas, en forma lenta pero en la dirección correcta, gracias a impulsos cívicos modestos, limitados, pero ciertos. Vender utopías y estridencias siempre acaba mal. "Sobre-ideologizar" la prestación de algunos servicios públicos, que exigen sólo eficiencia, podrá satisfacer narcisismos políticos, pero no igualará la vida de los capitalinos.

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